"Ni siquiera la gente que quiere ir al cielo quiere morir" Steve Jobs

Biographical note

 

Nací en la época de Franco, cosa de la que no tengo la culpa y de la que ya casi estoy curado, a pesar de que su gloriosa “dictablanda” nos sigue hostigando desde el más allá, convertida en una moderna “democracia de mercado” donde todo se compra y todo se vende, y en la que lo único incorrupto que nos queda ya es el brazo momificado de Santa Teresa.

En mi infancia fui a un colegio religioso, lo que me vacunó contra la obediencia ciega, los dogmas, las revelaciones divinas y los seres superiores que mean agua bendita. Pero de lo no logré reponerme fue de que todavía hubiera gente que, pese a las negativas experiencias de la historia, siguiera conservando su fe en el capitalismo, o en su adversario el comunismo, considerándolos como sistemas válidos para resolver los problemas de la humanidad. Y es que lo que mueve este mundo no son la razón y los hechos, sino la credulidad y la fe.

La razón es el infierno de los ateos.

Lo que precisamente demuestra el capitalismo comunista chino es que ambos sistemas, en el fondo no son tan distintos como aparentan, y pueden convivir perfectamente el uno con el otro como pareja de hecho, sin casarse, ni tan siquiera enamorarse.

La verdadera batalla a librar no es izquierda o derecha, sino arriba o abajo: un funcionamiento social que no ha cambiado desde los faraones acá. Porque creer en las bondades del estado, sea de bienestar o de malestar, cuando solo es un aparato de poder al servicio de la oligarquía de turno, equivale a ponernos gentilmente en manos del verdugo, confiando no nos haga mucho daño. Como el dentista.

No hay amo bueno, sea público o privado. Y puestos a tener una doctrina, mejor que sea de fabricación propia que adquirida, aunque te llamen iluminado, visionario o chalado. Si realismo es aceptar la inmundicia presente, mejor pasarse al otro bando.

Reconozco mi forma políticamente incorrecta de pensar, por la que algunos me han tildado de iconoclasta, pese a que no me quedo en la crítica y propongo alternativas – tan discutibles como la que más, por supuesto -, que espero algún día, sean puestas a prueba, y la realidad dicte sentencia.

Mientras tanto, renuncio de antemano a cualquier derecho de autor que pudiera corresponderme, incluida la salvación de mi alma.