"Eficiencia no es producir 100 bombillas en 1 año, sino 1 bombilla que dure 100 años" Anónimo

Economía para los que odian el capitalismo: crítica del libro Lucro Sucio de Joseph Heath

Andrés Herrero|15/03/2017

Joseph Heath, autor de Lucro Sucio: Economía para los que odian el capitalismo, es un profesor universitario canadiense que, a lo largo del libro, mezcla hábilmente churros con merinas, poniendo una vela a dios y otra al diablo, manteniéndose equidistante entre las posiciones de derecha e izquierda (e incluso demostrando en algunas ocasiones mayor simpatía teórica hacia esta última), pero sin olvidar en ningún momento para quien trabaja. Por eso, aunque ni quita ni pone rey, a la hora de la verdad, ayuda a su señor, aunque de vez en cuando se permita algún guiño de izquierdas para colar mejor su mercancía ideológica.

Como buen “progre” digno de ese nombre, nuestro pedagogo se erige en paradigma de la objetividad, el rigor y la cordura, rezumando imparcialidad por los cuatros costados y razonando con la lógica aplastante que se supone adorna a un especialista en políticas públicas. Y para que nadie dude de su ecuanimidad – y de paso satisfacer a los que, de un signo u otro, pudieran adquirir su libro -, contrapone 5 falacias de derecha a 5 de izquierda, haciendo que la cosa termine en un empate honorable, sin vencedores ni vencidos.

Rizando el rizo, llega a aventurar que hasta “podríamos tener eficiencia capitalista e igualdad socialista al mismo tiempo”, matrimonio contra natura que dejaría a la cuadratura del círculo a la altura del barro. Su buen corazón le lleva a “compartir el malestar que la mayoría de la gente siente ante el sistema capitalista”, llegando incluso a reconocer “que la suma de un conjunto de intereses individuales no es lo mismo que el interés del grupo, porque lo bueno para el individuo no tiene porque ser bueno para la especie”, concluyendo su docta disertación con que lo malo son los fallos del mercado, no el capitalismo en sí, ya que desde el momento en que “algún tipo de capitalismo regulado es la única forma plausible de organización económica”, la suerte está echada. Y al igual que Fukuyama vislumbró desde la cima de su torre académica el fin de las ideologías, su homónimo canadiense, para no ser menos, sitúa al mercado en el podio de las conquistas humanas:

El comunismo, por simplificar, es la idea de que, en la economía, el estado debería hacerlo todo, y el neoliberalismo la de que el estado no debería hacer nada.

El neoliberalismo fue, en esencia, la aplicación a la sociedad humana de los postulados darwinianos. Adam Smith mostró que si un mecanismo ciego como la naturaleza era capaz de establecer el orden sin una dirección consciente, de la misma manera el mercado podía proporcionar una asignación óptima de los bienes (todo para unos y nada para otros, como mandan los cánones).

Con arreglo a esa premisa, se desarrollaron dos tipos de liberalismo, uno que considera que el mercado se basta a sí mismo y no requiere de ningún gobierno ni regulación, y otro que defiende la necesidad de un estado para que los individuos respeten los derechos de los demás, aunque afirmando que ésta es su única función legítima y abogando por un estado mínimo”.

Liberalismos ambos que rechaza una persona tan moderada y sensata como Mr. Heath, partidaria de regular el mercado para que no se desmande, porque “el capitalismo no es un orden espontáneo. No se puede conseguir una economía de mercado a base solo de interés propio. Para que funcione, el estado debe encargarse de hacer cumplir sus reglas. Y aplicar las reglas requiere una autoridad, para lo que se necesita un gobierno”.

El mercado precisa de alguien que lo sostenga, respalde y defienda, porque como señaló Hobbes: “los pactos sin espada no pasan de palabras”, y se convierten en humo que se lleva el viento.

Se necesita al estado como garante y fiador del mercado. Como leal subalterno suyo, su misión es acudir solícito en su ayuda cada vez que el mercado se mete en problemas. A pesar de lo cuál “los conservadores culpan a las dádivas del gobierno de minar la confianza de la gente en sí misma y de premiar malas conductas”, lo que sin duda deprime a los banqueros rescatados con dinero público de la bancarrota, y a los empresarios que por culpa de las múltiples desgravaciones, subvenciones y bonificaciones que reciben, se sienten maltratados por el sistema.

Lógicamente, para agenciarse los recursos que necesita, el estado tiene que recaudar impuestos, lo que le convierte “en el más importante actor económico”. Apunta Mr. Heath que “los impuestos castigan a los sectores más productivos”, que no puede ser otro que el de los trabajadores, ya que las grandes fortunas y corporaciones se valen de mil subterfugios para eludir sus obligaciones fiscales, siendo el estado su más rentable inversión.

Los impuestos son básicamente una forma de compra colectiva obligatoria. Con sus impuestos usted paga una amplia variedad de bienes públicos aunque no los utilice. Los grupos que se oponen a ellos proclaman el día libre de impuestos en el que los ciudadanos dejan de trabajar para el gobierno y empiezan a trabajar para ellos mismos. Pero usted no trabaja para el gobierno si sus hijos van a una escuela pública, conduce por carreteras públicas o acude a un hospital público: simplemente está financiando su propio consumo.

Y por la misma razón se podría declarar el “día libre de hipotecas”, en el que los propietarios de casas “dejan de trabajar para el banco y empiezan a hacerlo para sí mismos”. Pero los propietarios de casas no “trabajan para el banco”, si son ellos los que viven en la casa y no el director del banco.

Es la gente la que produce y consume; instituciones como el mercado o el estado no producen ni consumen nada: constituyen tan solo mecanismos para coordinar la producción y el consumo”.

Mr. Heath establece una acertada analogía entre el estado y lo que “cada comunidad de propietarios ofrece a sus miembros: una serie de servicios que se pagan a través de cuotas. Si éstas disminuyen, habrá más dinero para gastar en los bolsillos de los vecinos y menos por parte de la comunidad. Las reducciones de impuestos tienen el mismo efecto: significan menos dinero en escuelas y sanidad, y más en coches, ropa, muebles y viviendas. Se puede ver ahí lo absurdo de decir que los impuestos son intrínsecamente malos, o que siempre es mejor impuestos más bajos que impuestos más altos. Manifestar como hizo Milton Friedman que cualquier reducción de impuestos es buena, equivale a decir que la mejor cuota de comunidad es la cuota más baja”, o que el coche más barato es el mejor. Una soberana memez.

Lo importante no es el nivel de impuestos, sino lo que la gente desea obtener del estado. El estado debería proveer soluciones del tipo café para todos solo cuando sean mejores que la alternativa personalizada que ofrece el mercado. Ahora bien, la gente que aboga por la superioridad del suministro privado frente al público por sus mayores posibilidades de elección, con frecuencia exagera la variedad de los mercados privados, subestimando la del sector público”…  como bien han tenido ocasión de comprobar quienes poseyendo un seguro médico privado han visto como se les denegaba un tratamiento por ser demasiado costoso, o la compañía daba de baja su póliza por no resultarle rentable.

El estado proporciona un bien público que solo debe proveer en caso de fallo del mercado. Necesitamos un estado porque el mercado no puede hacerlo todo; pero que los mercados no consigan resultados eficientes, no significa que el estado sepa hacerlo mejor”, o que vaya a ser más competitivo que él. La voz autorizada de Mr. Heath nos desvela que el mercado no es omnipotente ni perfecto como se nos había dicho, y que tiene los mismos defectos, vicios y flaquezas que cualquier hijo de vecino.

La sociedad tiene que asumir que “siempre habrá sectores que no serán competitivos”, (¿como por ejemplo la policía, el ejército, los políticos, los jueces, los ancianos, los niños, los enfermos, los discapacitados, los presos o los pobres?), y por eso mismo “si los conservadores apoyan el gasto en ley y orden, defensa nacional e infraestructuras…, ¿por qué no hacen lo mismo en vivienda pública, educación pública, sanidad pública, pensiones, desempleo y cuidado del medio ambiente?… La respuesta es evidente: habiendo un mercado de bienestar, el estado de bienestar sobra. Que cada cual vaya a él y compre la ración de felicidad que se ha ganado.

De ahí que “cuando el estado del bienestar proporciona un determinado bien, lo haga a muy bajo nivel, dando libertad a los consumidores para que satisfagan su derecho a comprar más cantidad en los mercados privados”; cosa comprensible, ya que ofertar estado y mercado el mismo producto constituiría competencia desleal. A pesar de ello, los detractores de lo público argumentan que “si el gobierno regalara queso, la gente comería demasiado queso, así que ¿por qué dar sanidad gratuita”, a lo que Mr. Heath responde brillantemente que la sanidad gratuita constituye un seguro para proteger a la población contra contingencias adversas, y que su cobertura sea pública o privada, solo cambia que su radio de alcance sea universal o limitado, sin que afecte a su consumo.

En todos los seguros se producen abusos y fraudes, tanto de los asegurados como de las compañías, y su mera existencia reduce el grado de responsabilidad de los individuos, al permitir endosar a terceros las consecuencias de los fallos propios (como sucede con el conductor temerario que provoca siniestros de tráfico), pero los seguros no desaparecen porque sus ventajas compensan sobradamente los perjuicios que causan.

Las aseguradoras quitan dinero a algunas personas en forma de primas, para dárselo a otras en forma de indemnizaciones o prestaciones. Pero más que una redistribución de fondos, lo que hay es un acuerdo para compartir riesgos” (enfermedad, despido, vejez, accidente, catástrofe natural, etc.).

Cuando los conservadores ven a una persona pedir limosna en la calle no echan mano automáticamente a su cartera, sino que se preguntan ¿cómo llegó a esa situación? ¿por qué es mi responsabilidad pagar su cena?”, dando por sentado que cada individuo es dueño absoluto de su vida y que todo lo que le ocurra es por su culpa, con independencia de las circunstancias que le rodeen, de que el entorno social no sea neutral y de que la fuerza de la colectividad resulte mucho más poderosa que la suya. Pero ellos solo admiten la responsabilidad personal, rechazando de plano la de la sociedad. Responsabilidad personal que, no hace falta decirlo, se torna rápidamente anónima en cuanto se pisa terreno económico.

La conducta insocial se justifica por efecto de la pobreza, el racismo, etc.”, protesta nuestro admirado docente, obviando que las únicas conductas insociales que jamás se castigan, son las de los poderosos, cuya impunidad está garantizada.

La redistribución de la riqueza presenta, por principio, para nuestro autor, connotaciones negativas. Mr. Heath abomina de ella, acusando a “la gente de izquierda de defender, en esencia, la igualación por abajo”, cuando igualar por abajo y diferenciar por arriba constituye la especialidad clásica de la derecha, patrimonio de la humanidad.

Nadie defiende con más ardor que los conservadores que los ciudadanos deben contribuir en idéntica medida a sostener al estado, con independencia de su nivel de renta y situación económica. Criterio que nuestro profesor secunda con entusiasmo, proponiendo que los impuestos graven el consumo (los bienes que pagamos todos por igual), en vez de los ingresos. “Socialismo de las cargas fiscales” que complementa a la perfección el “liberalismo de las ganancias”. Se trata es de establecer límites a la hora de contribuir, no de enriquecerse, razón por la que existe un salario mínimo, pero no uno máximo.

En nombre de la igualdad mucha gente se opone a la sanidad privada o a los colegios privados, pero a no ser que pueda demostrarse que el beneficio de la persona rica genera daños a los pobres, este impulso igualitario representa igualar por lo bajo”, advierte gravemente Mr. Heath…, pero estimado amigo, fomentar artificialmente las diferencias y la desigualdad de oportunidades, construyendo una sociedad dual, con ciudadanos de primera y de segunda clase… ¿le parece poco nocivo?… ¿la calidad de la asistencia médica debe depender de la renta o de la gravedad de la enfermedad?… ¿le parece correcto que un alumno, mediocre pero adinerado, le robe el puesto a otro más competente que no pudo estudiar en una universidad de prestigio?… Se supone que solo los mejores deberían acceder a los sitios destacados, y no los más ricos, pero en la práctica ocurre todo lo contrario, siendo la renta se encarga de discriminar los respectivos méritos de unos y otros.

La desigualdad no es un fallo del mercado. El mercado es transparente con respecto a la igualdad: ni la favorece ni la perjudica. Si tenemos una distribución desigual de los medios de producción, el mercado producirá una distribución de la renta desigual”, por lo que si se deja operar libremente a las fuerzas del mercado, el resultado, al igual que cuando un peso pluma se enfrenta a uno pesado, está cantado: el más débil será noqueado a las primeras de cambio y la desigualdad se multiplicará sin remedio.

Nuestro pedagogo favorito rechaza de plano “la igualdad que se consigue a costa de perder eficiencia, porque favorecer la igualdad sin considerar la eficiencia es mostrar una absurda indiferencia por el bienestar humano”, ya que, según él, la eficiencia en la creación de riqueza, debe prevalecer sobre su correcto reparto. De ahí que considere preferible una sociedad desigualitaria, con exceso de alimentos, donde la gente se muera de hambre, como la nuestra, a otra equitativa, donde nadie carezca de sustento, pero donde no puedan existir ricos.

Actuar sobre los precios, y “el salario es un precio”, Mr. Heath lo conceptúa como una medida errónea porque distorsiona el mercado (todo lo que tiende a igualar a las personas, genera indefectiblemente ese efecto adverso), sentenciando que “la justicia debería aplicarse a la distribución de la renta y no a los precios. Ayudar a los pobres no puede consistir en convertirse en uno de ellos”, así que mejor ayudar a los ricos que son más agradecidos. Se comprende que “el salario mínimo no le parezca un mecanismo adecuado para solucionar la pobreza”, ya que pudiendo hacer trabajar a la gente por la comida, no hay porque pagarle más, máxime sabiendo que “el salario es el precio del trabajo, pero lo que determina su cuantía no es el valor de lo que produce el trabajador, sino lo fácil que resulta reemplazarlo”.

No se puede expresar una brutalidad mayor con más finura académica. Poco importa lo que el empleado se esfuerce, valga, produzca o rinda, sus necesidades, su grado de preparación, dedicación o entrega: solo cuenta lo prescindible que sea. El mercado no establece diferencia alguna entre él y un tornillo: antes o después, ambos terminarán en el desguace.

El mercado es un león hecho para devorar, siendo la eficiencia la principal cualidad que define a los depredadores.

El avance social de la humanidad se nota en que los antiguos esclavos tenían comida, techo y cama asegurada, pero no poseían sindicatos ni iban al paro, mientras que los modernos esclavos asalariados disfrutan de la magnífica libertad que les otorga la precariedad. Toda una conquista. De esclavos forzosos han pasado a esclavos voluntarios, y de ser capturados, a venderse ellos mismos a precio de saldo. Y como el kilo de derechos humanos no se ha actualizado con la inflación, están más baratos que nunca.

Si nadie ha podido constatar científicamente que “elevar el salario mínimo genere desempleo”, es porque sencillamente no es cierto. Si los altos salarios fueran los enemigos del empleo, ¿por qué entonces en Alemania, Suecia o Japón, no están todos sus ciudadanos en paro, y en África sí?… pues porque no es el mercado, sino la desigual correlación de fuerzas la que determina su retribución.

Mr. Heath aduce que “hace falta un mecanismo, el salario, que lleve a la gente a las ocupaciones en que se más se la necesita y la aparte de las saturadas. El hecho de que en determinadas ocupaciones sea imposible ganar un salario suficiente para vivir no significa que se cometa una injusticia, sino que no se requiere gente en esa ocupación, porque ya hay demasiada”… ¿y entonces por qué se la sigue contratando para ejercerla?… ¿por caridad pagana?… ¿para que se sienta útil?… ¿para mejorar las estadísticas de ocupación?… vamos, hombre, no nos cuente milongas.

Nuestro escritor omite que en cualquier relación de trabajo tienen que quedar cubiertas las necesidades de ambas partes, no solo las de la más fuerte. Resulta tan evidente que la justicia, y no solo la producción material de bienes, incide sobre la felicidad y el bienestar humanos, que enseguida repliega velas: “aunque el salario mínimo no representa una herramienta útil para luchar contra la pobreza, personalmente apoyo la existencia de un salario mínimo en un nivel razonablemente alto; pero mi defensa de él se basa totalmente en consideraciones no económicas: las retribuciones salariales por debajo de un cierto nivel son incompatibles con la dignidad humana”… ¡arrea!… ¿con qué nos quedamos, con salarios insuficientes para vivir, o con sueldos “razonablemente” altos que preserven la dignidad humana?… ¿acaso se le ha olvidado que la justicia y la dignidad humana son conceptos ajenos al mercado, que  no tienen cabida en él?

¿A quién quiere engañar cuando él sabe mejor que nadie, que el estado de bienestar no es más que una rémora del pasado, de la época en que el capitalismo en su lucha con el comunismo se vio obligado a realizar unas concesiones a los trabajadores que ahora está recuperando a marchas forzadas? “Aunque un estado de bienestar generoso no perjudica al crecimiento económico”, sí que atenta contra el mercado, como nos recuerda la sentencia del Tribunal Supremo de EEUU, que en 1905 anuló la ley que prohibía a los empleados de panaderías trabajar más de 60 horas a la semana, argumentando que “eran personas adultas y no pupilos del estado”, y por tanto libres de contratarse como esclavos si ese era su deseo; postura con la que Mr. Heath, pudorosamente, discrepa. Tribunal Supremo que prohíbe suicidarse a los ciudadanos, salvo si lo hacen reventándose a trabajar, por su gusto. Mr. Heath reniega del “anticuado concepto marxista de que en todas las relaciones de intercambio hay plusvalía”, cómo si la retribución del trabajo no fuera el principal obstáculo que el capital tiene que vencer para lucrarse…  ¿o acaso los beneficios empresariales surgen mágicamente de la nada, como el conejo de la chistera del mago, y el capital se reproduce sólo, por generación espontánea, sin intervención humana alguna? Lógicamente, si la mano invisible del mercado se encarga de dar a cual lo que le corresponde, la huelga, al estrujarla, constituye un robo.

En su afán por negar el conflicto entre capital y trabajo, nuestro hombre proclama que “el comercio resulta beneficioso aunque el intercambio sea injusto, porque favorece la eficiencia”… de la explotación se le olvida añadir.

Apostar porque “la subida de precios, en respuesta a la escasez, es la principal ventaja del sistema económico capitalista: los recursos emigran hacia donde obtienen mayor provecho. Si hay escasez de trigo, se producirá una puja de precios que solo pagará aquel que vaya a darle el mejor uso”, implica que solo comerá, trabajará o se curará el que el mercado decida. Y si el mercado determina que resulta más rentable operar de cirugía estética a una actriz que a un desempleado de cáncer, o alimentar al ganado que al hambriento, ¿quiénes somos nosotros, míseros mortales, para llevarle la contraria e infringir sus divinos preceptos? Señala nuestro distinguido profesor que“la función de los precios es racionar los bienes y acomodarlos al nivel de existencias”, lo que significa que los recursos terminarán en manos de quienes mayor capacidad económica posean, y no de quienes más se lo merezcan o mejor uso pueden darles: decisiones que deberían tomar los humanos en vez de los precios, tan manipulables ellos.

Aunque Mr. Heath objete que “cuando el mercado se abandona a sus propios mecanismos, el movimiento de precios asegura que el trabajo y los recursos emigrarán hacia donde mejor se puedan emplear”, en la práctica acuden en masa a los infiernos laborales del Tercer Mundo, que copian las condiciones de explotación de la revolución industrial, cuentan con mano de obra regalada y sin derechos, máximas facilidades fiscales y nulas exigencias medioambientales. “Mecanismos” todos ellos infalibles para asegurar el éxito del negocio.

En un alarde de sinceridad, de remordimiento o de desfachatez, nuestro docto pedagogo no tiene inconveniente en reconocer que “si bien el teorema de la mano invisible establece que un mercado perfectamente competitivo es perfectamente eficiente, el teorema del segundo óptimo, matiza que un mercado casi perfectamente competitivo, pero en el que algo falla, no tiene porque ser más eficiente que un mercado no competitivo”. En una palabra: que un mercado capitalista imperfecto como el nuestro, no mejora en nada a un mercadillo de chicha y nabo de los de toda la vida, y que su supuesta eficiencia es una falacia montada sobre premisas falsas para lucrarse.

Si alguien conoce un mercado perfectamente competitivo, que lo muestre y ganará fama imperecedera; pero no encontrará ninguno, por la sencilla razón de que no existen, ni se han inventado todavía. Y, lo que es aún mucho peor “cuando el mundo real se desvía del mundo ideal de la competencia perfecta, la mejor aproximación a la competencia perfecta que se pueda conseguir, generará un resultado peor que un mercado casi perfectamente competitivo”.

En ese “casi” reside el quid de la cuestión. Nuestro erudito profesor lo aclara con un ejemplo sumamente ilustrativo: imaginemos que alguien desea ir en avión de vacaciones a Hawai, aunque también podría marchar a Las Vegas en coche, lo que le saldría bastante más barato, pero le resultaría la mitad de divertido. Lamentablemente, esa persona no posee el dinero suficiente para llegar a Hawai, así que, ¿qué preferiría, realizar el 98% del viaje a Hawai, que es hasta donde alcanzan sus fondos, quedándose en el punto más cercano del océano, u optaría por ir a las Vegas conformándose con obtener tan solo el 50% de satisfacción, en vez del 98% que le aportaría Hawai?

La elección está clara, puesto que “conseguir lo que más se aproxima a lo mejor, no tiene porque ser necesariamente mejor que decantarse por otra cosa totalmente diferente”. La competencia perfecta tiene tanto que ver con el libre mercado, como el número siguiente con el premio gordo de la lotería. Nada. Estamos ante teorías que solo se cumplen en condiciones ideales, por lo que su valor en el mundo real es nulo.

Si “oferta y demanda son la misma cosa, y cada vez que alguien vende algo, otra persona debe comprarlo”… ¿no se rompe ese equilibrio cuando se destruyen excedentes o alguien no paga lo que debe?… Si realmente “crear puestos de trabajo es algo que la economía hace por sí misma”… ¿qué es el paro entonces, una anomalía de la naturaleza como un ternero con dos cabezas?… ¿por qué nunca se alcanza el pleno empleo?… Sostener que “no existe el desempleo inducido tecnológicamente”, nos hace sospechar que es inducido artesanalmente.

Su solvencia profesional aún queda más en entredicho cuando explica que “las recesiones son un fenómeno monetario causado por un fallo en la circulación de dinero”…  ¿y por qué deja el dinero de circular?… ¿acaso se cansa de trabajar?… ¿se jubila?… ¿es la fatiga monetaria una nueva enfermedad del capitalismo descubierta por usted?…  La coherencia no acompaña mucho su discurso, porque si primero declara que “la diferencia salarial entre los altos ejecutivos y el resto de empleados no ha dejado de crecer, y desde los años 80 del siglo XX, en EEUU ha habido un descenso en la participación del trabajo en la renta nacional, declive que ha sido todavía más pronunciado en Europa o Japón”, acto seguido lo desmiente y se lleva la contraria a sí mismo, asegurando que “las naciones industrializadas no han visto producirse ningún incremento significativo de la desigualdad económica en la pasada década, ni tampoco es esa la tendencia dominante”, como si hubiera leído las mismas estadísticas con las gafas puestas del revés.

La realidad es que el mercado produce ricos y pobres con la misma normalidad con que las vacas producen leche, aunque parece como si por un extraño fenómeno de ósmosis inversa, cuanto peor distribuye la riqueza y más despoja a la mayoría de la gente, mejor vive ésta.

Que el objeto de la economía sea “maximizar la producción”, lo desmienten la legión de criados, chóferes, institutrices, jardineros, escoltas, secretarios, ayudantes, manicuras, peluqueros, dietistas, modistos, entrenadores, guardas, cuidadores de animales, etc., consagrados al servicio exclusivo de los más acaudalados. Nadie, salvo los más grandes magnates, destina tierras fértiles a la caza, en vez de cultivarlas. Para viajar el rey de Arabaia Sudita necesita desplazar un séquito de 1.500 personas y más de 500 toneladas de equipaje. Servir una taza de té a la Reina Isabel II de Inglaterra, algo al alcance de un niño, requiere movilizar no menos de 20 personas. Por no mencionar los miles de millones de horas de trabajo enterradas en las Pirámides de Egipto, que para salvar el alma de los faraones, lesionaron los cuerpos y vidas de sus súbditos. Podríamos seguir poniendo ejemplos hasta el infinito. La acumulación de despropósitos acompaña inevitablemente a la acumulación de riqueza.

Riqueza y eficiencia se repelen mutuamente. La megalomanía, el despilfarro de recursos, el deterioro e infrautilización de las capacidades de las personas para favorecer el dominio de las élites sobre ellas, y las pomposas ceremonias de exaltación y afirmación de su superioridad, siguen estando tan vigentes hoy como hace diez mil años.

Si realmente hubiera que “pagar a la gente por el valor del servicio que proporciona”, a la criada habría que retribuirla no por la cantidad de polvo que quita o los metros cuadrados que limpia, sino por lo que su propietario gana mientras trabaja fuera durante el tiempo que ella emplea en atender la casa, cocinar, lavar, planchar, etc.; ingresos que no percibiría si tuviera que ocuparse él personalmente de realizar esas tareas. Ahora bien, si consideramos más valioso socialmente el tiempo de unos individuos que de otros,  a quien salva la vida  de otra persona, sea médico, policía, socorrista o bombero, debería otorgársele la máxima retribución, cosa que no ocurre, e invalida el argumento de Mr. Heath. Nuestro hombre piensa que merece ganar más el que más arriesga, como si arriesgarse consistiera en jugar en bolsa y no en quedarse sin trabajo; perder el dinero invertido y no la vida en accidentes laborales.

Subraya Mr. Heath que “está bien que se le pague a la gente una renta aunque no haya hecho nada para ganarla” (es decir sin más esfuerzo que ceder su capital), pero entonces con mucho mayor motivo tendrían que cobrarla los que, por un fallo clamoroso del mercado que no crea suficientes puestos de trabajo para todos, no pueden ganarse honradamente la vida… salvo que consideremos que conceder más derechos al dinero que a los humanos es lo adecuado. El mercado, manifiesta, “echa fuera al perezoso, al irresponsable y al inepto”…  sí, tanto como premia al tramposo, al corrupto, al sinvergüenza, al explotador y al defraudador… con el agravante  de que como habitualmente el vago es un sinvergüenza, el mercado junta lo mejor de cada casa.

Cuando se desclasificaron e hicieron públicas las cintas del Watergate, éstas revelaron que los máximos ejecutivos de la industria del automóvil norteamericana presionaron con éxito al presidente Nixon para que no les obligara a introducir medidas de seguridad en los coches, porque los japoneses podían realizarlas a 1,50 dólares la hora frente a los 7 dólares que les costarían a ellos, lo que dijeron empujaría a sus ciudadanos a adquirir más coches extranjeros. Así que las medidas de seguridad de los automóviles solo llegaron cuando el valor de mercado de la vida humana, es decir los costes económicos de los accidentes para las aseguradoras, rebasaron con creces los márgenes de los fabricantes de vehículos. Y lo mismo ocurrió con el hábito de fumar, que no se prohibió, pese a estar sobradamente demostrada su toxicidad, hasta que sus costes sanitarios se hicieron más insoportables que las ganancias de las tabaqueras.

Los neoliberales proponen proteger menos al medio ambiente, reclamando una regulación más laxa y menos exigente para no frenar el crecimiento y el desarrollo. Aspecto sobre el que, Mr. Heath, se pronuncia favorablemente al apuntar que “la mayoría de las crisis económicas y problemas medioambientales son el resultado de un fallo del sistema. Reciclar papel es malo para el planeta, porque la manera de incrementar el número de árboles plantados es consumir más papel”, lo que equivale a decir que se deben sustituir los bosques y selvas naturales por plantaciones industriales de eucaliptos, palmeras y demás especies de crecimiento rápido, cambando ecosistemas y biodiversidad por monocultivos para que triunfe el ecologismo de mercado.

Si combatir el cambio climático provoca paro, porque contaminar menos implica reducir la tasa de crecimiento, no queda más remedio que envenenarse a tope hasta alcanzar el pleno empleo, y así al que sobreviva no le faltará ocupación nunca. Enriquecerse sin medida constituye la demostración palpable de la salud del sistema, aunque no es seguro que las ganancias de McDonalds se deban a lo sano y bien que alimenta a sus clientes.

Mr. Heath comete el error, muy común entre los ideólogos del sistema, de confundir prosperidad con lucro; beneficio general con particular, y grado de eficiencia, con nivel  de explotación.

Sucia riqueza la que se alcanza así.


Nueva versión del artículo publicado originalmente en kaosenlared.net

Imágenes: adictosaltrabajo.com| montrealgazette.com|unavezdichoesto.wordpress.com|Abogado Laboralista en Alicante

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