"Para llegar lejos no hay más remedio que caminar despacio" Pepe Mújica

El burkini último episodio de la guerra religión laicismo

Ilya Topper|30/08/2016

nagpurtimecom Corría el año 1995, y en Argelia los islamistas comenzaron a pegar tiros en la calle a las mujeres que se resistían a llevar velo. Me lo contó Fayza una periodista argelina que se vio forzada a huir a España ante las amenazas. Se dio cuenta de que no tenía futuro en su patria el día que entró en la redacción, y cuando, como de costumbre, quiso dar un abrazo a un colega, éste la rechazó y se negó a darle la mano porque “tocar a una mujer es impuro”.

En aquellos días, Francia estaba revuelta porque había tribunales que empezaban a prohibir a las alumnas el uso del velo en los colegios. El mismo velo que imponían a punta de pistola los islamistas que tenían amenazada de muerte a Fayza. El mismo modelo, estandarizado de Marruecos a Malasia, que es obligado acatar.

Ese símbolo de fundamentalismo religioso que muchas mujeres se veían obligadas a ponerse por primera vez en su vida en Argelia para poder salir a la calle y volver vivas a casa, de repente se convertía en Francia en una prueba de “multiculturalidad y libertad de vestir”.

Han pasado 20 años pero lejos de ser una moda momentánea -también de eso se quiso disfrazar el hijab en los años noventa-, el velo islamista se ha hecho con el poder en las calles de Argelia, Egipto, Palestina, norte de Marruecos, pero sobre todo en el discurso: Europa cree ahora, a pies juntillas, que “las musulmanas llevan velo porque esa es su cultura”.

Para proteger la sociedad deben ocultarse “los encantos” de las mujeres con el hiyab para las moderadas (vestimenta que tapa “sóloderkultur el cabello y cuello), con el niqab que lo tapa todo, salvo los ojos, para las especialmente guapas (esto no es una broma: es la doctrina oficial), y con el burka (la cárcel de tela completa) para las demás.

Llegados a este punto, las islamistas se declaran “hartas de que un hombre opine sobre cómo deben vestir las mujeres”. Frase que revela su ideología: el derecho a la palabra depende del género al que se pertenece. Se trata de segregar a la humanidad en dos mitades, hombres y mujeres, que no deben opinar una sobre otra, aunque curiosamente, ese “hartazgo de que un hombre opine sobre cómo visten las mujeres”, solo se aplica a quienes están en contra del velo. Porque de la opinión de los miles de imanes musumanes, todos ellos hombres, que a lo largo de los siglos han elaborado la doctrina de cubrir el pelo de la mujer, no dicen nada.

Ideología que ha llevado a una australiana a patentar en 2004 el “burkini” argumentando que dicha prenda es solo una expresión de “pudor”.

Unrpp.peas pudorosas que tachan de “colonialistas” a las feministas marroquíes, argelinas, tunecinas, egipcias, sirias o turcas que llevan décadas denunciando la expansión del islamismo radical, y a las que no solo silencian, sino que agreden y condenan cada vez que tienen ocasión.

Llamar “colonial” a una abogada argelina que desde que era estudiante militaba en las filas del independentismo y que se ha dedicado a construir una Argelia con más derechos para sus ciudadanas jugándose la vida, expresa como se ha apoderado la doctrina wahabí de la vida cotidiana. Porque en nombre de “las musulmanas” solo pueden hablar las islamistas, las mismas que agreden y fuerzan al resto a convertirse en musulmanas tan integristas y fanáticas como ellas.

Califican de “islamófobas” a quienes denuncian la discriminación de sexos que implica la ideología wahabí; a personas como Wassyla Tamzali (“la deshumanización de la mujer empieza con el velo”), Nawal Saadawi (“religión y feminismo son antagónicos. Hay profesoras que se ponen el velo porque tienen la mente velada”), o Aïcha Maghrabi (“desgraciadamente, desde la escuelas las niñas  son  obligadas a usar el hijab”).  Ellas y todas las mujeres musulmanas que agradecen el aire de libertad que viene de Europa, observan con preocupación creciente cómo la ideología wahabí está llevando a cada vez más inmigrantes a adoptar una vestimenta que nunca antes existió en su patria ni en su tradición.

Las integristas retan al Estado laico que persigue la igualdad de mujeres y hombres, pero nunca a quienes imponen la segregación por sexos. Queda muy bien oponerse a un sistema democrático que otorga la libertad de rebelarse, en vez de enfrentarse a un sistema teocrático que amenaza con la cárcel e incluso con la muerte, por atreverse a llevar el cabello y cuerpo al descubierto.

Cierto que hay mujeres que enarbolan la bandera de la desigualdad en nombre de la fe, pero no se puede equiparar la prohibición del  burkini en la playa, algo que afecta a unas centenares de ultraislamistas en Francia, con la opresión brutal que padecen decenas de millones de mujeres en todo el mundo.

“Estamos hartas de que nos digan cómo vestir”, protestan las islamistas. Hartas del laicismo, quieren decir. Porque nunca han montado una campaña contra la Universidad de Al Azhar por decidir que toda mujer debe llevar velo, ni condenado una ideología como la wahabí de Arabia Saudí que permite que se abrasen vivas decenas de adolescentes en un colegio por evitar que las pueda ver sin velo un bombero.

taringanet4No hace falta recordar que, en su sociedad, el bikini está prohibido, las mujeres tienen que bañarse en el mar totalmente vestidas, separadas de los hombres y vigiladas por la policía religiosa.

El colonialismo financiero e ideológico de los saudíes ha provocado una transformación radical de las sociedades musulmanas tradicionales, de paso que ha permitido a la ultraderecha europea proclamar que hay dos “civilizaciones”, la “occidental” y la “musulmana”.

La ultraderecha racista reclama que “lleven el burkini en sus países”, en tanto que la izquierda progre exige que lo puedan portar “en nuestras playas” para demostrar nuestra tolerancia frente a la “diversidad”.

¿Significa esto que estoy a favor de la prohibición del burkini? Nunca he sido partidario de cambiar la sociedad a base de prohibiciones. Pero el debate sobre el burkini, tal y como se está llevando a cabo, es criminal, al intentar vendernos como “una prenda cualquiera” el símbolo de la máxima opresión sexista ideada por la humanidad.

No es la prohibición del burkini lo que sus adeptos combaten, sino el discurso laico. Como señala Zineb El Rhazoui, amenazada de muerte por ellos: “tomar partido por el ala fascista del islam, significa arrojar a sus fauces a todos los demás miembros”.

(Extracto. Adaptación libre)


Imágenes: nagpurtime.com|detflerkulturellenorge.blog.no|rppe.pe|taringa.net

Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/el-burkini-la-traicion

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