"Es la pieza la que dice al intérprete lo que debe hacer y no éste al compositor cómo debería haberla compuesto" Alfred Brendel, pianista

El fanatismo moral es un vicio peligroso

Spencer Case|12/04/2019

Una falacia frecuente acerca de la moralidad es pensar que la maldad surge de comportamientos intrínsecamente perversos, y la bondad de los buenos. Pero las cosas no son tan sencillas.

La noción del fanatismo moral como vicio es desconcertante… ¿no deberíamos acaso pretender que la gente sea lo más moral posible?… El candidato republicano Barry Goldwater que perdió las elecciones contra el presidente Lyndon Johnson, solía afirmar: «El extremismo en la defensa de la libertad no es un vicio; la moderación en la búsqueda de la justicia no es una virtud «.

Un principio que solo resulta válido para los idealistas que ostentan un dominio perfecto de la justicia y cuyo compromiso con la verdad no está contaminado por motivos menos santos. Hablamos de fanáticos morales. Un ejemplo paradigmático fue la cruzada antialcohólica emprendida a principios del siglo XX en EEUU.  Nadie discute que la influencia de la bebida sobre la salud pública es negativa, pero tampoco cabe duda alguna de que los medios empleados para combatirla fueron totalmente inapropiados (prohibición de su consumo, Ley Seca). Y no digamos los métodos utilizados por el Estado Islámico para imponer su fe.

La tentación de purificar el mundo de sus pecados con el fuego del infierno es muy antigua.

En Archipiélago Gulag, un testimonio sobre los campos de reclusión soviéticos, el escritor ruso Solzhenitsynn escribió que «para hacer el mal, un ser humano debe creer primero que lo que está haciendo es bueno» para que ningún escrúpulo le frene. Los personajes malvados de Shakespeare «se conformaron con unas pocas docenas de cadáveres porque no tenían ideología”.

La ideología le proporciona al hombre el mal la justificación que necesita. Los agentes de la Inquisición torturaron y quemaron a sus víctimas en nombre del cristianismo; los soldados mataron por el bien de su patria; los colonizadores europeos sometieron a los habitantes de otros continentes para llevarles la civilización; los nazis recurrieron a la guerra para defender la pureza de su raza; los estalinistas implantaron un régimen de terror para promover la igualdad, la fraternidad y la felicidad de las generaciones futuras.

El sociólogo húngaro Michael Polanyi sostiene la opinión de que los crímenes del comunismo y el nazismo estuvieron motivados fundamentalmente por pasiones morales (especialmente las de crear un mundo mejor), divorciadas de restricciones morales. Que fueron regímenes debidos, no a una decadencia moral, ni una  amoralidad absoluta, sino a un moralismo patológico. Como los excesos en que incurrió el fraile Savonarola en su cruzada personal contra la corrupción de su época.

La tesis de Polanyi es que los regímenes totalitarios tanto de derecha como de izquierda, acceden al poder con visiones utópicas del bien común. Lo malvado no es algo en sí que se opone a la moral, sino que se apoya en ella.

En el caso nazi, fomentar ideales positivos como recuperar el orgullo nacional y reparar las injusticias infligidas a Alemania, actuó sin duda como el más poderoso de los revulsivos. Heinrich Himmler, en un discurso ante las SS, absolvió a su audiencia de culpa, manifestando que “hemos llevado a cabo la tarea más difícil, el exterminio del pueblo judío,  por amor a nuestro pueblo”. Lo mismo que hizo  presidente Truman cuando se jactó de haber hecho lo correcto después de lanzar dos bombas atómicas sobre dos ciudades indefensas de un Japón derrotado.

Lo que Solzhenitsyn y Polany nos dicen sobre el totalitarismo deja poco lugar para la mala voluntad. Si los malhechores realmente creen que están haciendo bien, ¿significa eso que están excusados?, ¿se necesita que el criminal sepa que sus acciones son incorrectas para que sea culpable?, ¿por qué entonces al oficial nazi no se le perdona un «error honesto» cometido por obediencia debida?

La respuesta es que cierta ignorancia es culpable. En su libro «La ética de la creencia», W.K. Clifford menciona al propietario de un barco que deliberadamente permanece ignorante de la decrepitud de su embarcación, convenciéndose de que es apta para navegar, hasta que el barco se hunde, y se le hace responsable de la muerte de sus tripulantes, porque su pretendida ignorancia del estado de la nave no es creíble.

Debe haber habido muchos nazis y fanáticos parecidos a los armadores de Clifford que, alentados por la grandeza nacional y el futuro glorioso de su raza, así como por la esperanza de ascensos y prebendas, se distanciaron psicológicamente de sus víctimas, desviando su atención de las realidades desagradables y atrocidades que cometían.

La mayoría de las personas, por supuesto, nunca llegan tan lejos, aunque eso puede deberse a la falta de oportunidades tanto como a cualquier otra razón. Las mismas fuerzas psicológicas que llevan a las personas a cometer genocidios operan en circunstancias cotidianas de consecuencias menos dramáticas. ¿Estamos más vacunados contra los peligros del fanatismo moral, del pensamiento grupal y el autoengaño que ellos? Tenemos suerte de no ser puestos a prueba.

No hemos aprendido las lecciones de la historia. Los progresistas siguen obsesionados con las formas tradicionales y fácilmente reconocibles del mal, como el terror, la opresión, la explotación y la violencia, cuando a menudo se presenta bajo otras formas mucho más sutiles. Lo que cada uno de nosotros debería preguntarse es «¿qué sería yo capaz de hacer al servicio de mis causas favoritas?» Da igual que su lucha sea contra el racismo, el fascismo o el machismo; si no establece límites, está perdido.

Ningún afán es tan puro que no pueda resultar excesivo, hasta el punto incluso de convertirse en contraproducente. Acordémonos de los jémeres rojos, o de los miembros del movimiento provida que no vacilan en atacar clínicas abortistas y asesinar médicos.

Sería estupendo que el mal se presentara  en sociedad sin disfraz alguno y la gente malvada mostrara siempre su verdadero rostro. Pero, por desgracia, el mal muchas veces tiene una cara bonita. Porque, de lo contrario, podría resultar temible, pero no seductor.

No hay impulso ni emoción humana que sea inmune a la corrupción moral. Nuestras intenciones más loables y nuestras finalidades más nobles, sin la contención de la razón, se pueden viciar fácilmente y caer en el desastre.

(Extracto. Adaptación libre)


Imágenes: Público.es|Agente Provocador|El Español.com

Fuente: https://quillette.com/2019/03/10/moral-zealotry-and-the-seductive-nature-of-evil/

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