"Quiero morir siendo esclavo de los principios, no de los hombres" Emiliano Zapata

Actualidad de Mandeville o cómo el mercado convierte los vicios privados en públicas virtudes

Andrés Herrero|04/12/2014

Mandeville mobile.ztopics.comEn su investigación moral sobre la naturaleza de la sociedad y de los hombres, Mandeville (1670-1733) asume la tesis de Hobbes (1588-1679) de que el hombre es un lobo para el hombre, y sus conclusiones, recogidas y ampliadas después por Adam Smith (1723-1790), se erigen en la doctrina inspiradora del sistema económico que impera actualmente en el mundo.

Como médico importante, amigo y protegido del canciller de la corte inglesa, Mandeville había recibido una sólida formación científica y una educación pragmática, que hacía de la experiencia la fuente de todo conocimiento porque “para conocer el mundo, debemos estudiarlo. Nuestro saber es a posteriori, y tenemos que razonar basándonos en los hechos”.

Hechos que demuestran de manera incontestable que los vicios de los individuos constituyen la principal fuente de riqueza de la sociedad:

«Después del hambre, son el orgullo, la codicia, la envidia y la ambición, los capataces y patronos de todas las industrias, artes, ciencias, oficios y profesiones.

Nos ganamos la vida suciamente gracias a la gula y la codicia ajena. No existe profesión ni comercio sin engaño. El lujo dá trabajo a un millón de personas, y el orgullo a un millón más. Ambición y vanidad son los grandes promotores de la industria.

La mejor de las virtudes necesita la asistencia del peor de los vicios. Si todos bebiéramos lo que necesitamos, o comiéramos solo lo que nos sienta bien, la economía no prosperaría. Las tabernas contribuyen sin duda a la embriaguez y embrutecimiento de la gente, pero los impuestos provenientes del alcohol suponen una parte considerable de la renta nacional, sin olvidar la que aporta el cultivo de la malta y el trabajo que su comercio proporciona a destilerías, taberneros, carreteros…

Igualmente, la soberbia y el afán de sobresalir han edificado más escuelas y hospitales que todas las virtudes juntas. Las universidades, son los mejores mercados para comprar la gloria y la inmortalidad con poco mérito. Sus mecenas y benefactores saben que la medida de los honores y alabanzas que se les prodigarán, irán en proporción a la cuantía de la donación que realicen.

Los vicios son la condición de la prosperidad y riqueza de una nación. Las virtudes pueden hacer buena a una nación, pero nunca grande. El bien emerge del mal, como los polluelos de los huevos. Querer grandes beneficios sin grandes vicios, es vana utopía. No se puede gozar de lo bueno, sin participar de lo malo».

Filosofía de vida que Mandeville plasmó en su archiconocida Fábula de las Abejas:

«Había una colmena que se parecía a una sociedad humana bien ordenada. No faltaban en ella ni los bribones, ni los malos médicos, ni los malos sacerdotes, ni los malos soldados, ni los malos ministros. Por descontado tenía una mala reina.

Todos los días se cometían fraudes en esta colmena; y la justicia, llamada a reprimir la corrupción, era ella misma corruptible. En suma, cada profesión y cada estamento, estaban llenos de vicios. Pero la nación no era por ello menos próspera y fuerte.

Pero se produjo un cambio en el espíritu de las abejas, que tuvieron la singular idea de no querer ya nada más que honradez y virtud. El amor al bien se apoderó de sus corazones, de donde se siguió muy pronto la ruina de toda la colmena, porque en cuanto se eliminaron los excesos, desaparecieron las enfermedades y no se necesitaron más médicos, y como se acabaron las disputas, no hubo más procesos y, de esta forma, no se necesitaron ya abogados ni jueces. Las abejas, que se volvieron económicas y frugales, no gastaron en lujos y en consecuencia no hubo más arte ni comercio».

No hay escapatoria. El hombre es un ser imperfecto y corrupto por naturaleza cuyos vicios constituyen el maná de donde brota todo bienestar. El mercado es lo mejor que puede alcanzar; las leyes sustituyen su falta de moralidad, y la habilidad de los gobernantes (“los buenos políticos son para el cuerpo social, lo que los buenos médicos para el cuerpo humano”), es la encargada de convertir esos defectos en prosperidad.

Mandeville reduce al individuo a un conjunto de egoísmos, pasiones y apetitos que hacen imposible la virtud ya que, cualquier acto que realice, lo hará siempre impulsado por su propio interés, placer y conveniencia:

«Es imposible para el ser humano tener mejores deseos para los demás que para él, ya que su único objetivo es satisfacerse a sí mismo.

La cortesía y los buenos modales sirven para ocultar el orgullo. La modestia permite hacer creer a los demás que el aprecio que sentimos por ellos excede al que nos profesamos a nosotros mismos, y por eso cualquier manifestación de orgullo resulta ofensiva e inconveniente para los demás. Cualidades como la benevolencia, la amabilidad o la simpatía, no son más que estrategias que el individuo pone en juego para ganarse la buena voluntad, confianza y favor de sus semejantes.

La sociedad humana no surge de sus virtudes, sino de sus carencias y necesidades».

Y puestos a ser malos, mejor viciosos y gozando de opulencia, que no llenos de bondad y nadando en la miseria. Ser prácticos, no hace falta decirlo, constituye para él la virtud suprema, por no decir la única. Mandeville defiende los vicios que considera útiles, aquellos que mueven la economía, crean trabajo y hacen florecer los negocios, y rechaza los que atacan la propiedad, como robar y asesinar, precisando que “solo los vicios que se convierten en delitos, deberían ser castigados”.

El mal es todo lo que atenta contra el orden social. Lo bueno coincide con lo útil y se cuantifica en términos económicos. Si a mayor vicio, corresponde mayor bienestar, como afirma Mandeville, la sociedad más viciosa será la mejor, pero como acertadamente le rebatió Hume (1711-1776): “si el vicio produce todo lo bueno, entonces no puede tratarse de vicio, sino de virtud”.

Aunque Mandeville sostiene que cada persona es para sí misma el bien más grande, no por eso deja de reconocer que, en un momento dado, puede haber otros que le interesen más incluso que su propia vida, como sucedió con su compatriota Tomás Moro (1478-1535), que llevó su amor a la verdad y libertad de conciencia hasta sus últimas consecuencias, perdiendo su cabeza (y sus vicios) en el patíbulo.

Si no todo es bueno, tampoco todo es malo en el hombre. Ni todos los actos buenos los comete por malas razones, ni todo lo que le favorece tiene por qué repercutir negativamente sobre los demás, como tampoco el bien y el mal son categorías absolutas:

«El valor en un asesino es nefasto y la inteligencia en un malvado, inconveniente. Sea la lluvia o el sol, ninguna de las cosas creadas es una perpetua bendición, ni tampoco hay ninguna virtud o cualidad que sea buena en todas las situaciones y circunstancias.

Lo que para unos es calamitoso, para otros resulta delicioso. No existe nada tan perfectamente bueno que no resulte perjudicial para nadie, ni tan malo que no resulte beneficioso para alguien. Las cosas solo son buenas o malas en relación con otras. Desde el punto de vista de la naturaleza, ni morir es un mal, ni vivir un bien».

Vida y muerte tienen el mismo valor para la naturaleza y se compensan mutuamente entre sí haciendo del universo un juego de suma cero:

«Cuando calificamos las acciones de los hombres como buenas o malas lo hacemos considerando solamente el daño o beneficio que de ellas recibe la sociedad, y no el que reporta a quien las realiza. La recompensa que recibe el hombre por ejecutar una acción meritoria se reduce al placer de hacerla. La virtud tiene en su ejercicio su propia recompensa».

Pero con eso se queda, si luego resulta que no sirve para nada. Mandeville no se priva de proclamar que la práctica de la virtud no es posible en lo personal, ni conveniente en lo social; que la sencillez y moderación no solo no le aportan al hombre ninguna de las cosas buenas de este mundo: comodidades, riqueza, poder, éxito y honores sino que, al contrario, le impiden disfrutar de ellas.

La virtud presenta para él una connotación negativa “la frugalidad es una virtud hambrienta”, lo que le lleva a manifestar que en ningún sitio se nota más su ausencia, ni resulta más escandalosa su falsedad, que en el comportamiento de los profesionales de la fe:

«En ninguna parte encontré costumbres más austeras ni desprecio más grande por los placeres terrenales que en las órdenes religiosas, donde la gente renuncia al mundo y se aparta de él por propia voluntad. El problema es que no es sino una hipócrita farsa; que el amor de que hacen gala no es otra cosa que discordia, y que entre ellos proliferan la envidia y maledicencia, si no la glotonería, la embriaguez y otras flaquezas todavía más execrables que el mismo adulterio.

Y en lo que respecta a las órdenes mendicantes que han hecho voto de pobreza, en nada, salvo en sus hábitos, se distinguen de los mendigos a la hora de engañar a la gente con sus tonos lastimeros y la ostentación de su miseria, aunque tan pronto como están fuera del alcance de la vista de ella, abandonan su beata gazmoñería y dan rienda suelta a sus verdaderos apetitos.

Las virtudes no son más que el resultado que la adulación produce en el orgullo.

El orgullo nos hace creer que tenemos cualidades superiores a las que en realidad poseemos, y considerarnos mejores de lo que en realidad somos».

La virtud sería la autopelota que el hombre se hace a sí mismo. No conforme con denunciar toda virtud como una impostura, Mandeville la equipara con la renuncia. La virtud consistiría según él en que el hombre abdicara de todos sus deseos, desprendiéndose de lo que más aprecia o necesita – una meta tan difícil como imposible de alcanzar-, cuando la virtud no se puede basar en la negación de la naturaleza humana, ni mucho menos en hacer de la represión, virtud.

libros-antiguos-alcana.comResulta obvio que dormir en un mal colchón no lo vuelve a uno mejor que dormir en uno bueno, y que ser virtuoso no consiste en sustituir el sexo por la devoción. Como tampoco la honradez se debe interpretar como la autocontención de las ganas de robar, o el ser pacíficos como la capacidad de sobreponerse a la tentación de asesinar al prójimo. Tanto el egoísmo, como la agresividad o el orgullo, son tendencias individuales innatas que la sociedad, en vez de alentar, debería arbitrar con la razón para conseguir una convivencia lo más armoniosa posible.

Nadie en su sano juicio se atrevería a decir que los conejos son malos, pero introducidos por el hombre en Australia, se convirtieron en una plaga. El problema no radica en que el ser humano posea orgullo, sino en como se manipula éste, volviéndolo como un arma contra sí mismo y sus semejantes. Mandeville facilita al respecto unas cuantas recetas de probada eficacia:

«El orgullo no puede ser destruido, pero sí gobernado. Esa falsa estimación propia, alimentada interesadamente por la sociedad, es la que nos lleva a tratar de aparentar y demostrar lo que valemos.

Por eso, resulta fácil hacer creer a los hombres cualquier cosa que se diga en su favor, y no existe hombre invulnerable a la adulación. Lo que uno diga en alabanza de una ciudad, todos sus habitantes lo escuchan con placer. Elogiad las letras y os ganaréis la gratitud de todos los escritores. Si la humanidad no se deleitara con las alabanzas, no habría mérito alguno en negarse a escucharlas.

El que nos importe tanto la opinión de los demás procede de la alta estima en que nos tenemos. Si queréis hacer fuerte y opulenta a una sociedad, tenéis que excitar sus pasiones, sus deseos; despertad en el hombre el orgullo y esclavizarlo por medio de él. Dividid la tierra, aunque la haya sobrante, y el afán de poseerla despertará su codicia.

Cuando la sed de fama inflama el corazón de los héroes, antes preferirán perecer que pasar por cobardes; por eso, rendir honores a los muertos, es el método más seguro para engatusar a los vivos. Decidles que los que más valen son los que desafían el peligro, y los más orgullosos, llegarán a imaginar que sienten el valor palpitar en sus pechos, confundiendo el orgullo con el valor y superando así su temor a la muerte. Lo de menos en un oficial es el vigor; la esperanza del ascenso y el afán de emulación, serán en un momento dado más valiosos que toda su fuerza corporal.

La vanidad de los simples soldados ha de explotarse al precio más bajo posible pues son muchos. Poned plumas en sus cascos, enviadlos a combatir en nombre de la patria, y pensando en la gloria de caer en el campo del honor, no dudarán en luchar hasta el fin antes que incurrir en el desprecio de sus compañeros. Cualquier mísero labriego que se pone la casaca roja creerá de buena fe a todo el que le llama caballero, aunque lo desmienta el trato que le dispensan los oficiales, la mezquina paga que recibe por correr toda clase de peligros, y el poco caso que se le hace cuando quede mutilado o ya no son necesarios sus servicios.

Un hombre puede creerse virtuoso porque sus pasiones están adormecidas, pero las pasiones solo pueden vencerse con otras de mayor fuerza. Nada hay de lo que un hombre no pueda ser enseñado a avergonzarse. La vergüenza, el temor al rechazo y desprecio de la sociedad se utilizan para sofocar sus apetitos. La recompensa por reprimirlos en vez de dejarse dominar por ellos, es la aprobación de los demás.

El amor de las madres a los hijos es una pasión, pero como toda pasión puede ser superada por otra pasión que satisfaga el amor propio más que el amor a la descendencia. La misma mujer que destruye a su hijo de soltera, si se casa, cuidará tiernamente de sus retoños. Las prostitutas casi nunca los destruyen porque han perdido el pudor y la condena pública no les hace efecto».

Falla la virtud, falla el hombre y falla su naturaleza. Lo que triunfa es el vicio y, a falta de mejor material, la voluptuosidad es la que manda porque “los hombres de condición superior tienen como preocupación máxima el refinamiento de su placer”.

Lo único bueno de los hombres es lo que la sociedad hace de ellos:

«¿Que individuo no ha encubierto alguna vez sus flaquezas? Todas las excelencias de los hombres son adquiridas.

La educación es la forma de disimular las imperfecciones humanas y ocultar nuestros apetitos. Las buenas cualidades del hombre son el resultado del arte y la educación: nada civiliza más a los hombres que sus temores. Son malos quienes no han sido adiestrados, como son ingobernables todos los caballos que no han sido domados.

Un hombre comienza a ser una persona tolerable cuando para satisfacer su pasión se conforma con algún mezquino equivalente, pero jamás rompe con sus vicios, excepto los que se oponen a su propia naturaleza».

Mandeville asume que la codicia abunda más que la generosidad; que la rivalidad predomina sobre la cooperación, y que sí se puede convivir con el hombre es porque éste está domesticado; entendiendo por sociabilidad, gobierno, y por educación, temor y disciplina, puesto que “la tarea del político es civilizar a la sociedad, porque la naturaleza ha destinado al hombre a vivir en ella, como a las uvas a convertirse en vino”.

Lo más valioso para el hombre son sus conquistas materiales, de ahí que para Mandeville la mayor felicidad posible, si no toda, resida en ellas:

«Yo llamo placer, no a las cosas que los hombres dicen que son las mejores, sino a aquellas que más parecen complacerles.

El dinero conviene a todos los estados y condiciones: no solo vale para comprar los honores, sino que constituye un honor en sí mismo. Cualquier honor sin riqueza en que apoyarse, es un peso muerto.

El dinero es el mejor remedio contra la pereza y la obstinación, y el que con mayor presteza obliga a los individuos más orgullosos a rendir homenaje a sus superiores. Nada resulta tan seductor y embriagador como el dinero. El dinero no solo es un acicate que incita a los hombres al trabajo y les hace amarlo, sino que los consuela de sus fatigas y dificultades».

El bienestar material es el bien más preciado y lo más parecido a la felicidad que podemos alcanzar. Mandeville piensa que la satisfacción se consigue por medio de la riqueza y la gratificación de los instintos, más que estando en paz con los demás y de acuerdo consigo mismo. Argumenta el ensayista inglés lúcidamente, y no se equivoca, que el sacrificio de los pobres constituye la condición indispensable para la prosperidad y grandeza de la nación, o lo que es lo mismo, para el goce de los ricos. Que los organismos superiores se nutran de los inferiores, forma parte según él del orden inmutable de la creación:

«Igual que los animales no trabajan, nada es más natural con el curso de las cosas que unas criaturas vivan a costa de otras.

La mayor riqueza es poseer una multitud de pobres laboriosos. Sin ellos, no podrían existir los placeres de una gran nación; de ellos derivan todas las comodidades y bienes, y hay que procurar su multiplicación del mismo modo que se previene la escasez de provisiones.

Igual que se debe impedir que el pobre pase hambre, conviene evitar que pueda ahorrar. El interés de la nación exige que los pobres gasten todo lo que ganen para que sigan estando necesitados. Es prudente aliviar sus necesidades, pero desatinado curarlas».

Por fin descubrimos que todo lo bueno procede del trabajo y no de los vicios, y que todos los lujos, caprichos y vanidades mundanas que tanto agradan a Mandeville, se quedarían en nada sin el concurso forzoso de los más desfavorecidos. Nuestro eximio personaje menciona a los pobres como el mayor bien de la nación… ¿pero de cual de ellas, la de los terratenientes o la de los jornaleros?… ¿la de quienes sirven o son servidos?… ¿o acaso los que reciben gratuitamente sus frutos son los mismos que se afanan en obtenerlos con su sudor?…

No puede haber mayor vicio en el mundo que poseer una masa de pobres a su disposición, algo que hasta el propio Mandeville reconoce implícitamente, al admitir que “nadie debería exigir servicios que él mismo no está dispuesto a prestar a otros”, aunque desde su óptica elitista, el mayor vicio lo constituya la falta de aplicación de los inferiores a las tareas encomendadas:

«Apenas tenemos suficiente número de pobres para proveer a nuestra subsistencia, y no es talento ni genio lo que necesitamos, sino diligencia y aplicación. Para conseguir prosperidad hay que obligar al hombre a rendir al máximo de su capacidad. El problema es que hay gran número de jornaleros que si pudieran sostenerse trabajando únicamente cuatro días a la semana, sería difícil persuadirles para que trabajaran el quinto. Cuando vemos que un artesano no puede ser empujado a su trabajo hasta el martes, porque el lunes le queda todavía parte de la paga de la última semana, ¿como podemos pensar que trabajaría alguna vez, si la necesidad inmediata no le obligara?

Incluso hay criados que se han constituido en sociedad, quedando obligados entre ellos a no servir a amo alguno por menos de una suma determinada, de forma que si alguno pierde su trabajo por seguir los estatutos de su honorable corporación, sea atendido por los demás hasta que pueda encontrar otro empleo

(¡vade retro sindicatos!).

La cantidad de trabajadores, ajenos a todo lo que no sea su labor, es demasiado pequeña; pero lo importante es que los inferiores, lo sean no solamente en riqueza, sino también en conocimientos. Cuantas menos nociones tengan de una existencia mejor, más contentos se sentirán con la suya. Es necesario que sus saberes se limiten a sus ocupaciones. Los hombres que han de permanecer hasta el fin de sus días en condiciones de vida duras, aburridas y penosas, cuanto antes empiecen a practicarlas más pacientemente se someterán y acostumbrarán a ellas. Las penalidades no son tales para los que se han criado entre ellas.

No es posible que muchos miembros de la sociedad vivan en la ociosidad, disfrutando de todas las comodidades y placeres que puedan inventarse, sin que haya al mismo tiempo multitud de gentes que trabajen duramente para ellos.

Aborrezco la inhumanidad y no quisiera que me creyeran cruel, pero ser excesivamente compasivo, sería una debilidad imperdonable. Se dirá en mi contra, que es bárbaro negar a los hijos de los pobres la oportunidad de desarrollar sus facultades puesto que Dios los dotó de iguales talentos que los ricos, pero no creo que esto sea más penoso que su falta de dinero cuando tienen las mismas necesidades que los demás.

Incluso entre las gentes más bajas, a pesar de su humilde origen, hay personas bien dotadas que logran elevarse de la nada. Pero hay gran diferencia entre impedir a los hijos de los pobres que mejoren su condición, y negarse a darles una educación que no necesitan cuando pueden ser empleados más útilmente en otros menesteres».

Como trabajar en provecho de los Mandeville y compañía. Poco importa que ricos y pobres tengan los mismos talentos y necesidades; los poderosos han de emplearse a fondo en mantener a los humildes en su estado de inferioridad y dependencia, impidiéndoles salir de la miseria. La balanza social determina inexorablemente que para que alguien sea más, otro tiene que ser menos.

En su afán de situar la utilidad por encima de cualquier consideración ética o humana, Mandeville no vacila en proclamar que “es falso que sea mejor que quinientos culpables escapen al castigo, a que lo sufra un inocente; para el bienestar y tranquilidad de la sociedad es mejor lo segundo”, especialmente cuando uno está a salvo de ello, como sucede a los de su condición. La injusticia se convierte así en un arma extremadamente útil para mantener a raya a los inferiores.

Mandeville hace de la explotación humana el factor fundamental del éxito de la sociedad:

«Hay una gran diferencia entre ser sumiso o dócil; el que se somete a otro acepta lo que le disgusta para huir de lo que le desagrada más; dócil es el que se muestra útil a la persona a la que se somete.

Para ello, es necesario que interprete su servidumbre como algo que redunda en su propio beneficio. No hay otro ser viviente que pueda ser convertido tan fácilmente en un manso servidor de su especie como el hombre».

Los pobres son riqueza. El pobre es ganado humano al que el rico debe atender y cuidar como su posesión más valiosa. Y del mismo modo que cuanto más grande el rebaño, mayor su rendimiento, cuanto más aumenta la cabaña humana, más rentable resulta para sus propietarios los ricos, lo que explica el crecimiento continuo e imparable de su fortuna en paralelo a la población del planeta.

Sin embargo, hasta un utilitarista puro y duro como Mandeville se rebela en ocasiones contra su propia doctrina de eficacia a cualquier precio:

«Experimento tal aversión hacia los eunucos, que no han logrado superarla las lindas declamaciones de ninguno de ellos; rechazo esa forma de mutilar a personas solo con fines de diversión. Cierto es que nada es más efectivo que la castración para preservar la voz, el problema radica en que sea preferible.

Lo que la mayoría de los hombres desean es riqueza, poder y gloria, la cuestión es si tal felicidad vale la pena, teniendo en cuenta el precio que debe pagarse por ella».

Cuestión que Mandeville solo se plantea, cuando su subconsciente, o tal vez su conciencia, le traiciona. Mientras que la castración física de los cantantes por capricho le repele, la castración vital de la mayoría de sus congéneres no le conmueve en absoluto, apostando sin escrúpulo alguno por el laissez faire y el liberalismo a ultranza como mejor fórmula para el funcionamiento óptimo de la sociedad:

«En la composición de toda nación las diferentes clases de hombres deben mantener una cierta proporción para lograr una mezcla armónica. Y esta proporción nunca se consigue mejor, que cuando nadie se entromete e interfiere en ella.

Pero, a menudo, las buenas intenciones nos roban la felicidad que fluiría espontáneamente si nadie se dedicara a desviar u obstruir la corriente. La maquinaria social funciona por sí sola, sin más dificultad que dar cuerda a un reloj».

Mandeville enuncia aquí por vez primera la famosa “mano invisible” que años más tarde terminaría de desarrollar y haría célebre Adam Smith; fábula del Mercado libre, soberano y sin reglas que, ajeno a los avatares humanos, otorga a cada cual lo que se merece.

Mandeville se vale del egoísmo como argumento definitivo para invalidar y descalificar al ser humano y justificar la imposición de una sociedad de clases como la mejor de todas. Concepción mercenaria y mercantilista de la vida, que se corresponde milimétricamente con su negativa visión del ser humano.

La una no podría existir sin la otra.

En los tres siglos transcurridos desde entonces, el mercado ha triunfado y se ha extendido de punta a punta del planeta, al tiempo que la negativa noción del ser humano de Mandeville se mantiene vigente, aunque camuflada bajo la retórica de los derechos humanos, mientras la explotación crece sin cesar, los ricos se vuelven cada vez más ricos, y los pobres se multiplican hasta el infinito tal y como él reclamaba. Tanto, que llegaría un día, que ni siquiera él podía imaginar, que abundarían tanto que sobrarían.

Su objetivo está cumplido: la humanidad “progresa” por el camino que él trazó, aunque la gran honestidad intelectual de Mandeville, que siempre combatió la hipocresía sin contemplaciones, le hace confesar que “nuestra especie está tan engreída de sí misma, que se imagina que todas las cosas del universo han sido creadas para su recreo y servicio, y son de su propiedad”.

Sentencia lapidaria e inapelable que indica que la solución, hoy como hace diez mil años, se sigue llamando igualdad, no competitividad y cooperación en vez de pillaje.


Nota: Todas las citas han sido extraídas del libro La Fábula de las Abejas de Bernard de Mandeville.

Imágenes: mobile.ztopics.com| libros-antiguos-alcana.com

Actualización del artículo publicado originalmente en Rebelión: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=46160

2 Responses to Actualidad de Mandeville o cómo el mercado convierte los vicios privados en públicas virtudes

  1. J.L. says:

    He leido el artículo con gran interés. Es muy oportuno recuperar a los clásicos del pensamiento

  2. Ferser says:

    Desde la perspectiva historiográfica, es entendible el pensamiento de Mandeville como punto de referencia para entender el contexto contemporáneo de nuestras sociedades occidentales, sin embargo, habría que revisar algunos estudios antropológicos y lingüisticos realizados a muchos pueblos, mal llamados “primitivos”, que tirarían por la borda muchas de las generalizaciones que hace de la especie humana.

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