"Crear dinero no crea crecimiento" Alberto Gallo

La felicidad consumista

Pedro Luis Angosto, Herrero|30/12/2019

Mi felicidad no se agota con los móviles, sino que crece minuto a minuto viendo el amor con que los dueños del capital nos tratan. Nos quieren tanto que se han propuesto que ningún electrodoméstico nos dure más que unos pocos años, para que cambiemos a menudo de lavadora, lavavajillas, aspirador, ordenador o  televisor.

Sabemos que la tecnología actual permitiría que cualquier aparato funcionase bien muchos años, pero si nos privaran de la novedad, de poder comprar el último modelo, la nuestra sería seguramente una vida triste, monótona, infeliz. Así que, para que no suframos, los capitalistas inventaron la obsolescencia programada, obligándonos a cambiar constantemente el aparato, porque cuando se avería, ni Dios es capaz de arreglarlo.

¿Cabe imaginar un momento más feliz que ese en el que toda la familia espera ilusionada la llegada del nuevo frigorífico?, ¿o ese otro en el que el concesionario nos avisa para que nos montemos en el nuevo automóvil?, ¿se puede sentir mayor dicha que la de ver llegar a los trabajadores de quinientos euros cargados con el nuevo televisor inteligente de mil pulgadas rebosante de series yanquis para que pensemos y seamos como ellos?

Lo lógico en este mundo en este mundo tan pródigo en abundancia es el optimismo. Por ejemplo, el otro día fui a comprar ropa, y vine cargado con cinco camisetas, tres camisas y dos pantalones. Total cincuenta euros. Algo impensable cuando la ropa se fabricaba en España, Francia o Italia, por trabajadores que disfrutaban de sueldos decentes, jornadas de ocho horas, vacaciones pagadas y seguridad social. Ahora gracias a que los emprendedores de todo el planeta se llevaron la producción a lugares donde los currantes no eran tan exigentes ni reclamaban derechos, todo ha cambiado para bien.

¿Qué es eso de trabajar sólo 8 horas y únicamente hasta los 60 años? Un atraso. ¿Y con el resto del tiempo qué vas a hacer? Aburrirte.

Podemos cambiar de zapatos cada vez que se nos antoje, atiborrar el armario de ropa porque cada día es más barata, como todo lo demás. ¿Que no puedo comprarme unos zapatos buenos cada dos años, porque mi sueldo también va cuesta abajo? ¿Y qué? Me compro diez malos, los uso y los tiro cuando me apetece, contribuyendo de ese modo al crecimiento de la economía y del comercio mundial, con barcos que van y vienen cargados de cosas para tirar.

¿Alguna vez hemos tenido tanta posibilidad de tirar cosas? Antes sólo desperdiciaban los ricos, pero ahora podemos hacerlo también los demás, porque se ha democratizado el consumo, y su hijo natural, el despilfarro.

Los alquileres suben impidiendo que los jóvenes puedan irse de casa, y que cuando lo hagan tengan que juntarse varios para compartir la vivienda. Algunos ignorantes todavía piensan que es necesario que el Estado cree un banco de viviendas públicas para que la gente pueda pagarse un techo; otros hablan de poner un tope a los alquileres, o de penalizar fiscalmente las viviendas vacías. Cosas del pasado, antiguallas propias de nostálgicos del comunismo. Nada hay mejor que la convivencia, porque  así se conoce gente, se comparten ideas, gustos, distintas maneras de vivir y se abandona el individualismo. Lamentablemente, hay personas que se quejan de todo. Hasta de hacer y deshacer maletas sin parar para ir a lugares donde no se les ha perdido nada.

En España los bancos deben a los ciudadanos más de sesenta mil millones de euros, cantidad irrisoria que, según algún progre desnortado, permitiría sanear las cuentas de la Seguridad Social. La verdad es que la gestión de la banca fue pésima, un desastre, hasta el punto de arruinarla, pero qué ganamos exigiéndole que asuma las consecuencias y devuelva las ayudas recibidas… ¿no les suena eso a revanchismo?… Aquello ya pasó, dejemos el pasado en paz, y permitámosles que sigan repartiendo dividendos para hacer felices a sus accionistas.

¿Impuestos directos a lo que cada persona tiene, recibe o gana? Sería una injusticia, mejor los prorrateamos entre todos, que a escote no hay nada caro. ¿Que luego no hay dinero para sanidad,  educación o pensiones? No pasa nada. Siempre nos quedará la iniciativa privada filantrópica, las ong’s, los curas y las monjas. Otra solución es la de Pere Aragonés, ilustre político de ERC, que se dispone a privatizar todos los servicios públicos para gloria de Cataluña.

¡Que los inmigrantes se queden en su casa, aunque se la hayamos bombardeado veinte veces! Nos importa una higa la miseria que existe al lado mismo del portal de nuestra vivienda; el abandono absoluto del medio rural y por tanto, de la agricultura y la ganadería sostenibles; la destrucción de la Madre Naturaleza; o entregar nuestra privacidad a las multinacionales tecnológicas que lo saben todo de nosotros y nos condenan a vivir en la casa del Gran Hermano.

El ser humano está de rebajas, y pronto seremos un producto tan caduco como cualquiera de los que compramos.

(Extracto. Adaptación libre)


Imágenes: elpais.com|SAT Madrid|archivo.crhoy.com

Fuente: https://www.nuevatribuna.es/opinion/pedro-luis-angosto/felicidad-capitalismo-global/20191001103134166721.html

 

One Response to La felicidad consumista

  1. Pedro says:

    Bordado. Sí señor, bordado.

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