"Errar es humano. Culpar a otros, política" Hubert Humprhey

La ofensiva neoliberal contra la sanidad pública

Francisco Pereña|19/12/2019

En el informe  del Banco Mundial de 1989 sobre financiación de los servicios sanitarios, se planteó introducir en ella las fuerzas del mercado, y trasladar a los usuarios los gastos de las prestaciones. La cosa comenzó con el desmantelamiento de la sanidad pública del Reino Unido durante el gobierno de Margaret Tatcher, quien propuso en documentos desclasificados recientemente  que “se deberá poner fin a la provisión de atención sanitaria por el Estado para la mayoría de la población, haciendo que los servicios sanitarios sean de titularidad y gestión privada, y que las personas que necesiten atención sanitaria paguen por ello”.

Una filosofía basada en la idea de que la salud es responsabilidad exclusiva del individuo. Ideología salubrista dirigida al estilo de vida personal: aliméntese bien, haga ejercicio, no beba, no fume, no corra riesgos, etc., que ignora deliberadamente los condicionantes sociales y laborales que rodean a los ciudadanos, y que exigen disponer de cierto nivel económico, al que la mayor parte de la población no tiene acceso, para cuidarse debidamente.

Para contrarrestar esa visión “individualista” de la salud, hace ya años, que David Gordon, un estudioso británico del tema, sugirió una lista de recomendaciones alternativas centradas en lo social, como: “no seas pobre, y si lo eres deja de serlo lo antes posible”, “no vivas en un barrio degradado”, “no realices un trabajo precario y mal pagado”, etc.  El consejo más importante de salud es “no seas pobre o vivirás menos años y con peor salud”.

Esta concepción neoliberal deja fuera del sistema sanitario a los colectivos más vulnerables como trabajadores pobres, desempleados de larga duración, inmigrantes sin papeles, discapacitados, ancianos… a la vez que los recortes deterioran los servicios públicos, reducen la «cesta básica» de servicios, introducen el copago en los medicamentos y suprimen prestaciones (tratamientos, aparatos ortopédicos…). El Estado delega en los mercados la decisión de quien merece curarse y vivir. El paciente pasa así a ser un cliente que sólo si es rentable, será atendido. Cuales sean su situación y circunstancias personales, no importan ni se tienen en cuenta.

Asistimos a un proceso acelerado de degradación de la sanidad pública, que corre en paralelo a otro de mercantilización de la medicina, convertida en ingente fuente de beneficios, mediante:

  1. Considerar enfermedad cualquier situación de la vida que comporte alguna limitación, dolor, pena, insatisfacción o frustración.
  2. La equiparación automática de factor de riesgo a enfermedad, y
  3. La amplicación del campo de la enfermedad para aumentar su prevalencia.

Hacer medicamentos para personas sanas constituía un viejo deseo de los laboratorios farmacéuticos, pero ahora el complejo médico-farmacéutico, ha ido un paso más allá con la fabricación de enfermedades. La depresión es un buen ejemplo, convertida en una pandemia mundial gracias a los antidepresivos. El aumento brutal del consumo de psicofármacos ha hecho que se conviertan en el tratamiento siquiátrico dominante tanto para los trastornos mentales graves, como para los síntomas normales de malestar. Porque, ¿cómo es posible que los problemas mentales se hayan incrementado sin parar desde los años 90 del pasado siglo, cuando aparecieron los mucho más eficaces y caros antidepresivos, antisicóticos, tranquilizantes y ansiolíticos de nueva generación?

El escándalo del trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es ilustrativo de la creación de una enfermedad que ha multiplicado la venta de medicamentos para tratar comportamientos habituales en la infancia y adolescencia, como distraerse fácilmente y olvidarse cosas, cambiar frecuentemente de actividad, soñar despierto/fantasear demasiado, molestar, corretear mucho, tocar y jugar con todo lo que tiene a su alcance; proferir co­mentarios inadecuados, etc.  Estimaciones recogi­das en 2015, sugieren que a aproximadamente al 10 % de los niños de las escuelas de Estados Unidos se les ha pautado un estimulante. En el Reino Unido la prescripción ha aumentado de 6.000 recetas al año en 1994, a más de 450.000 en 2004; un asombroso aumento del 7.000 % en tan solo una década.

La psiquiatría se ha introducido sibilinamente en la vida cotidiana debido a la insatisfacción generalizada, el vacío, la soledad, la precariedad y la falta de salidas laborales… ofreciendo soluciones pagadas a los problemas de pareja, de trabajo… Se medicaliza el sufrimiento social, los desahucios, el desempleo, la pobreza, y se siquiatriza el mal comportamiento, atribuyendo los peores delitos a patologías mentales y trastornos de personalidad. La medicina nos dice qué comer, qué vestir y qué hacer para estar sanos, y apenas hay aspecto de la vida que quede fuera de su campo de actuación.

Las grandes fábricas que agrupaban a la clase obrera, donde surgieron los sindicatos, han desaparecido reemplazadas por la deslocalización, la precarización y la robotización de la producción. El sistema de partidos perdió su esencia política convirtiéndose en aparatos electorales. La caída de la URSS supuso la rápida transición a regímenes de capitalismo salvaje, con el nacionalismo como identidad. Los logros sociales del socialismo de Estado, como la sanidad, la educación universal y el pleno empleo, se terminaron. En la otra orilla, el capitalismo sin trabas, decretaba el fin de la política, arrinconada por el mercado.

El modelo neoliberal corrobora la visión de George Kennan, que en un informe secreto, aconsejaba “dejar de hablar de objetivos vagos e irrealizables, como los derechos humanos, el aumento de los niveles de vida y la democratización, para empezar a operar con conceptos que no estén lastrados por eslóganes idealistas de altruismo y beneficencia universal, aunque queden bien, y convenga utilizarlos en el discurso político”.

Según esa forma de pensar, lo natural en la sociedad humana, es la desigualdad, la competitividad y la falta de cuidados a los más vulnerables. Pero una sanidad que no abarque lo colectivo, representa un fracaso sin paliativos.

(Extracto. Adaptación libre)


Imágenes: elpais.com|publico.es|elperiodico.com|elbierzonoticias.com

Fuente: https://vientosur.info/spip.php?article15415

 

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