"No es el Estado el que debe saber todo de los ciudadanos, sino los ciudadanos los que deben saber todo del Estado" Julián Assange

Semblanza

Retrato Andrés Herrero

Nací en la época de Franco, cosa de la que no tengo la culpa y de la que ya casi estoy curado, a pesar de que su gloriosa “dictablanda” nos sigue persiguiendo desde el más allá, convertida en una moderna “democracia de mercado” donde todo se compra y todo se vende, y en la que lo único incorrupto que nos queda es el brazo momificado de Santa Teresa.

En mi infancia fui a un colegio religioso, lo que me vacunó contra la obediencia ciega, los dogmas, las revelaciones divinas, la bondad institucionalizada y los seres superiores que mean agua bendita.

Habiendo sobrevivido pues a esa experiencia, no deja de asombrarme que, pese a las negativas lecciones de la historia, todavía haya adultos que sigan conservando su fe en el capitalismo, o en su adversario el comunismo, considerándolos como sistemas válidos para resolver los problemas de la humanidad.

Y es que lo que mueve este mundo no son la razón y los hechos, sino la credulidad y la fe.

La razón es el infierno de los ateos.

Porque si algo demuestra precisamente el capitalismo comunista chino es que ambos sistemas no son tan distintos como aparentan, y pueden convivir perfectamente el uno con el otro como pareja de hecho, sin casarse ni tan siquiera enamorarse.

La verdadera batalla a librar no es de izquierda a derecha, sino de arriba abajo: un funcionamiento social que no ha cambiado desde los faraones acá. Porque creer en las bondades del estado, sea de bienestar o de malestar, cuando solo es un aparato de poder al servicio de la oligarquía de turno, equivale a ponernos gentilmente en manos del verdugo, confiando no nos haga mucho daño. Como el dentista.

No hay amo bueno, sea público o privado. Y puestos a tener una doctrina, mejor que sea de fabricación propia que adquirida, aunque te llamen iluminado, visionario o chalado. Si realismo es aceptar la inmundicia presente, mejor pasarse al otro bando.

Reconozco mi forma políticamente incorrecta de pensar, por la que algunos me han tildado de iconoclasta, pese a que no me quedo en la crítica y propongo alternativas, tan discutibles como la que más por supuesto, que espero algún día sean puestas a prueba y la realidad dicte sentencia.

Mientras tanto, renuncio de antemano a cualquier derecho de autor que pudiera corresponderme, incluida la salvación de mi alma.