Los asalariados cada vez son más precarios, tienen menos derechos y salarios más bajos. Poseer un trabajo no impide ya ser pobre. Al contrario constituye casi una garantía de serlo.

La clase media ha saltado por los aires. Su declive es imparable y no hay vuelta atrás. Cualquier tiempo pasado fue mejor, aunque estuviera lejos de ser un paraíso. Solo le queda la nostalgia del empleo fijo, del puesto asegurado, que le permitía desarrollar un proyecto coherente de vida, antes de que el despido libre y la flexibilidad laboral, impusieran su ley. Pero algunos aún confían en el regreso de los buenos tiempos, igual que los judíos siguen esperando la llegada del Mesías.

Desde el parado al desahuciado, pasando por el que a duras penas llega a fin de mes, o los trabajadores de bajo coste, de usar y tirar, todos, sea cuales sean sus circunstancias y situación, se sienten partes integrantes de la misma.  Lamentablemente, tienen mucha más conciencia de clase, y más claros sus intereses, los ricos que ellos.

El Mercado como un dios caníbal, que se alimenta de carne humana, ha reemplazado al Estado de Bienestar. El capital le ha ganado la batalla en todos los frentes; la tecnología y la globalización han terminado de darle la puntilla; y la moribunda clase media continuará hundiéndose sin remedio en el pozo mientras no cambie el sálvese quien pueda por la lucha colectiva.

Por desgracia muchos no despertarán del sueño americano hasta que les falte el colchón.


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Imagen: Fanatic Studio/ Gary Waters/ Getty| INE

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