La ley del gallinero dispone que las gallinas que están arriba defecan sobre las que tienen debajo, éstas a su vez sobre las del piso inferior, y la cosa  continúa en orden descendente hasta llegar al escalón más bajo, donde el alud de mierda que le cae encima es imparable.

La gracia del asunto consiste en que cada cual se desprenda de su propia porquería endosándosela a otro que, por estar peor, o más bajo que él, no pueda negarse, obsequiándole de paso con una ración extra de excrementos, puesto que si encuentra así, es porque él mismo se lo ha buscado, ya que es un flojo, un vago y un mantenido que no quiere esforzarse, no tiene más que vicios, y pretende vivir a costa de los demás.

Nuestra basura constituye el mejor regalo que podemos ofrecer a cualquiera. Todo un lujazo, prueba  evidente de nuestra generosidad.

A la sociedad le interesa que haya siempre gente en mala situación, dispuesta a todo, para que efectúe por poco dinero las tareas ingratas que no le apetece hacer, como limpiar la casa, hacer la comida y faenas domésticas, cuidar de niños y ancianos, etc. Mano de obra que acepte trabajar encantada por un sueldo de miseria para que el empresario se forre, el consumidor consiga los artículos más baratos, y la economía marche viento en popa.

En el fondo del pozo yacen los derechos humanos: el derecho a morirse de hambre, a no tener casa ni empleo, y a ser la letrina de los más afortunados que ellos. Se comprende que con una dieta tan rica en desechos, el contenedor les sepa a caviar.

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