¿Cuando se percató de que le engañaban?

Cuando descubrí que lo que nos cuentan que sucede es falso, y que lo mismo ocurría con el pasado, comencé a cuestionarme todo lo que hasta ese momento había venido dando por cierto.

La información constituye un terreno pantanoso y resbaladizo, sembrado de trampas, mentiras, intoxicaciones, medias verdades, y cosas en parte ciertas y en parte falsas, cuya veracidad no podemos comprobar, en el que adentrarse es avanzar por un campo de minas.

La tecnología constituye un aliado más del poder, que refuerza el engaño. Los medios nos formatean. Las imágenes, sonidos, y videos generados con inteligencia artificial, hacen prácticamente imposible distinguir lo real de lo manipulado. Y la férrea censura de los medios, ahogando las voces discrepantes, y silenciando los planteamientos alternativos, remata la tarea.

Hemos llegado a un punto en el que tienes que dudar de todo, y no te puedes fiar ni de tus ojos.

¿Por qué lo hacen?

Para que pensemos y obremos como nos han inculcado, creyendo que lo hacemos por voluntad propia. Nuestra sumisión está hecha de cadenas mentales, no físicas, que nos hacen sentir libres porque no se ven. Un proceso que comienza en la cuna, y que no termina nunca.

El mundo en el que nos movemos, no es una democracia, sino una merienda de negros. Parece que no tengamos amos, cuando son otros los que gestionan las cosas importantes, redactan las leyes y manejan la economía, sin que nosotros tengamos más que el derecho de pataleo. Pese a su apariencia civilizada, la sociedad humana sigue siendo una sociedad animal, que se rige por relaciones de fuerza, en la que los individuos más poderosos y con menos escrúpulos, alcanzan la cima, y gobiernan a sus semejantes.

Esta camarilla inmensamente rica se comporta como el verdadero consejo de administración del planeta, apropiándose del grueso de la riqueza de la sociedad, controlando los gobiernos, servicios de inteligencia, bancos, fondos de inversión, multinacionales, instituciones internacionales (ONU, Banco Mundial, FIM, ONU, OMC, OMS, OTAN, WEF, etc), medios de comunicación, cadenas de televisión, plataformas digitales, redes sociales, universidades, ONG’s, sindicatos, etc., haciendo y deshaciendo a su antojo, y manejando a los partidos de izquierda exactamente igual que a los de derecha.

Una élite que utiliza a los políticos como marionetas suyas para que le hagan el trabajo sucio y le sirvan de pararrayos de las iras populares, y en pago, les colma de privilegios, y les permite aprovecharse de su cargo. La corrupción está institucionalizada porque es la manera de tenerlos contentos y controlados, y si alguno se muestra desobediente, tirar de dossier, y mandarlo sin dilación de la poltrona a la trena.

Más barato eso que eliminarlos, dar un golpe de estado, o invadir el país.

 ¿Qué papel ha jugado la pandemia?

Ha sido una pieza más de su plan para reducir la población mundial. Estamos inmersos en una guerra encubierta, no declarada, que se libra en escenarios no convencionales como la familia, la sicología humana, el clima, la información, o la salud, y con armas novedosas como los televisores, las vacunas, las pateras, las fumigaciones, etc.

A muchos ciudadanos les parece tan monstruoso e inconcebible que alguien esté intentando acabar con su vida, que se niegan a creerlo. Piensan, inocentemente, como las ovejas, que sus pastores lo hacen todo por su bien. Algo que los mataderos y campos de batalla desmienten una y otra vez.

Con la covid se infundió un terror colectivo. A la gente se le impidió trabajar, salir de casa, comprar, o viajar, para forzarla a inocularse las salvadoras «vacunas de ARNm».  En mi caso, aunque no me las puse, no me contagié, y sin embargo se me demonizó, acusándome de ser un peligro para los demás.

Rizando el rizo del disparate, incluso se llegó a decir, y mucha gente se lo tragó, que la inmunidad proporcionada por la vacuna era mejor, más robusta y duradera que la que confería haber superado la enfermedad. Igual que se sostuvo, sin pestañear, que se trataba de una pandemia mortal, cuando su tasa de letalidad era inferior a la de una gripe. O que se aseguró que no existía tratamiento para ella, prohibiendo a los médicos usar la ivermectina y la hidroxicloroquina, porque admitir que había terapias alternativas, hubiera impedido aprobar, por razones de emergencia, las vacunas experimentales de ARNm.

Había que pinchar a todo el mundo, desde recién nacidos a ancianos, cuantas más veces mejor. Tan buenas, seguras, y tanto protegían esas inyecciones, que la gente vacunada ha enfermado, ha sido hospitalizada, y ha fallecido en mayor proporción que la no vacunada.

Las estadísticas oficiales no mienten, y están ahí para el que quiera consultarlas. Los datos, incontestables, muestran que ha habido un exceso de defunciones después de la vacunación, que ha ido acompañado de un desplome generalizado de la natalidad.

A estas alturas todo el mundo conoce personas que han experimentado sus efectos adversos, más o menos serios, como jóvenes y deportistas que han muerto de repente, o por cánceres fulminantes. La inmunidad de rebaño ha terminado convirtiéndose en mortalidad de rebaño, rica en miocarditis, periocarditis, coágulos, ictus, problemas neurológicos, etc.

Y la cosa no ha terminado.

¿Qué le hace suponer que no fue natural?

Que todavía están buscando al bicho. Menos mal que el FBI ha prometido que no va a parar hasta encontrarlo.

Los mismos que crearon la enfermedad en un laboratorio, pronto nos obsequiarán con otra. La Organización Mafiosa de la Salud (OMS), con su dueño y benefactor supremo, Bill Gates a la cabeza, ha elaborado un reglamento de obligado cumplimiento para todos los países, que le permitirá vacunar por la fuerza a sus habitantes, implantando de facto una dictadura sanitaria, que convertirá en papel mojado los derechos humanos y las constituciones nacionales.

La zorra al cuidado del gallinero. Los desvelos de ese hombre por nuestro bienestar, se merecen un monumento.

¿Por qué quieren eliminarnos?

Porque ya no nos necesitan. Los humanos consumimos demasiados recursos, contaminamos más de lo debido, y les estorbamos.

Hasta hace bien poco, cuantos más jornaleros tenía un terrateniente, o más obreros un empresario, más se enriquecía. Durante siglos la cabaña humana aumentó a la par que la ganadera, porque resultaba rentable. Y la cosa se mantuvo así hasta que los avances tecnológicos convirtieron la mano de obra en mano de sobra. Automatización, robotización, inteligencia artificial, producción industrial, uso intensivo de maquinaria y combustibles fósiles, hicieron que, donde antes se necesitaban 100 personas para producir, baste ahora con 1.

Si se hubiera reducido la jornada, como hubiera sido lo lógico, no hubiera habido problema. Pero eso era algo que chocaba con la voluntad de la élite de mantenernos sojuzgados. El trabajo y el desempleo han sido las herramientas, no cruentas, de que se ha valido tradicionalmente para disciplinar al personal. Cuanto más necesitado, cansado y estresado esté, menos pensará en rebelarse y liberarse de su esclavitud asalariada. No puede permitirse aflojar un segundo la presión sobre él, o se le desmandará, mientras que si le aprieta lo suficiente, le venderá un riñón, o a sus hijas; lo que le pida.

El sistema capitalista está diseñado para que unos pocos se lleven la tajada gruesa de la tarta, mientras que la mayoría se tiene que conformar con las migajas, compitiendo ferozmente por ellas. La prueba es que el mundo está lleno de “perdedores” que no hacen más que trabajar.

A falta de justicia, buenas son la filantropía y las limosnas. El dinero, como la zanahoria al burro, ciega al hombre, llevándolo dócilmente por donde conviene.

¿Hacia dónde?

La sociedad se encuentra fracturada hasta extremos inimaginables. Los vínculos humanos se han socavado, cuando no roto. La ingeniería social ha hecho que la precariedad vital y laboral, y el sálvese quien pueda, se impongan universalmente. El resultado ha sido más individualismo, narcisismo, divorcios, abortos, suicidios, consumo de antidepresivos, ciberacoso, aumento de senos, y cambios de sexo que nunca.

No es algo que haya sucedido espontáneamente, ni por casualidad, sino mediante una labor sistemática de empobrecimiento y demolición de la clase media. Asistimos a una invasión sin precedentes de emigrantes, que no busca que vivan como nosotros, sino que nosotros vivamos como ellos, socavando nuestra cultura, disparando el paro y la delincuencia, y provocando el desplome de salarios y derechos laborales.

Todo lo que se puede fabricar en otros países con mano de obra de bajo coste o semiesclava, se manda allí, y con los sectores que no resulta posible, como la construcción, la hostelería, o la limpieza, se trae al tercer mundo aquí.

Espero que decir esto no sea racismo, o algo incluso peor, fascismo.

¿Qué viene ahora?

Finalizada la campaña de la covid, comienza la del cambio climático. El discurso de terror no se detiene, y cada cierto tiempo una nueva entrega toma el relevo de la anterior.

A lo largo de sus 4.500 millones de años de existencia, la Tierra jamás ha tenido una temperatura estable, sufriendo numerosas congelaciones y calentamientos, mucho más fuertes en el pasado, cuando el hombre aún no había aparecido en ella, que ahora. El clima de la Tierra es un elemento dinámico, determinado fundamentalmente por la radiación que recibe del sol, las excentricidades de su órbita, la radiación cósmica procedente del espacio exterior, la intensidad de los fenómenos volcánicos, y el campo magnético solar.

El CO2 no es el factor determinante, ni juega el papel principal en él. Pero aunque lo tuviera, tan sólo el 3% de las emisiones de CO2 a la atmósfera son debidas a la actividad humana. A pesar de lo cual, se pretende hacer del CO2, el elemento clave del cambio climático, el chivo expiatorio de todos los males, y la bestia negra de la humanidad. Basta repetirlo el número suficiente de veces por todos los altavoces mediáticos, para que se convierta en dogma científico de fe.

Hace 550 millones de años la Tierra alcanzó una concentración de 7.000 ppm de CO2 en la atmósfera, y en los últimos 300 millones de años, nunca había sido tan baja la concentración de CO2 como ahora (420 ppm), pese al alarmismo suscitado.

En cada edad de hielo hubo más dióxido de carbono en la atmósfera que actualmente.

Los registros geológicos no mienten, los seres humanos sí.

El CO2 es un elemento esencial para la vida – que no podemos eliminar sin desaparecer nosotros, porque se halla presente en todo lo que hacemos-, al que se está utilizando para atacar la producción de alimentos y las libertades colectivas.

El IPCC (Panel Intergubernamental de Expertos de Cambio Climático de la ONU, ¡el nombrecito se las trae!), es el órgano encargado de manipular oficialmente el tema, elaborando complicados modelos informáticos para predecir el futuro, sin que, hasta la fecha, ninguno de sus vaticinios catastrofistas, siempre sesgados al alza, se hayan cumplido.

Nada en el asunto del clima es lineal, ni sencillo, sino que se halla sujeto a controversia, porque existen demasiadas incógnitas y déficits de conocimientos e información, como para llegar a conclusiones definitivas.

Lo que no ofrece en cambio duda alguna es nuestro brutal impacto sobre los ecosistemas terrestres, a los que vertemos impunemente basuras, plásticos, desechos electrónicos, residuos industriales y todo lo que se nos antoja. Algo que pretendemos solucionar a base de parches como el reciclaje, la reparación, o la reutilización, pero sin modificar nuestro insano estilo consumista, dejando de fabricar objetos inútiles, y utilizando tecnologías respetuosas con la vida, el hombre y el medio ambiente.

Encima de nuestras cabezas, tenemos colgadas permanentemente estelas químicas a las que nadie hace caso, que nos hemos acostumbrado a mirar como si formaran parte del paisaje, ajenos por completo a como la geoingeniería, las armas de energía dirigida, HAARP, y los bombardeos de microondas, provocan tormentas, inundaciones, sequías, incendios, terremotos y olas de calor.

La forma como la Agenda 2030 pretende terminar con el hambre en el mundo, es cerrar granjas y explotaciones ganaderas, y obligar a los agricultores a abandonar los campos para plantar aerogeneradores y placas solares en ellos. Imagino que porque piensan alimentarnos a base de insectos y carne sintética, porque la electricidad no se come.

El regreso a las cavernas nos va a parecer un lujo. Destruyamos las presas, devolvamos los ríos a su estado natural, y para ser aún más ecológicos, regresemos a la azada, renunciando a los tractores y al  petróleo. La religión verde viene con un coche eléctrico bajo el brazo. Una tecnología supuestamente «limpia y sostenible», que emite menos gases de invernadero, aunque la fabricación y reciclaje de las baterías, genere más contaminación que los coches de gasolina y diesel. Otro timo más.

Han encontrado el remedio perfecto para salvar a la Tierra: cargarse al hombre. Cometer un genocidio ecológico.

¿No cree en el desarrollo sostenible?

Lo que no creo es en las mentiras sostenibles. El capitalismo es un sistema depredador, voraz e insaciable, que nunca podrá ser sostenible. Como es intocable, y a los ricos les va de maravilla con él, se niegan a cambiarlo, señalando que lo no sostenible es la gente.

Al pobre CO2 le llueven palos por todas partes. En su nombre se piensa quitar a la gente la calefacción, el aire acondicionado, los coches, los viajes, o el consumo de carne, sin que eso afecte a los multimillonarios, que seguirán viviendo a todo trapo en sus suntuosas mansiones, con flotas de coches, de yates, de aviones y de criados a  su servicio.

Que todo cambie para que ellos vivan, no igual, sino mejor.

¿Cómo piensan arrebatarle todo a la gente y a la vez conservar sus privilegios?

Eliminando el dinero en metálico, cuyo empleo escapa a su control, transformándolo en electrónico: los famosos CDBC, o monedas digitales de los bancos centrales.

Se ha desatado una persecución brutal contra el efectivo, limitando los pagos que se pueden hacer con él, so pretexto de combatir el fraude fiscal, sin tocar los paraísos fiscales, que es donde los superricos ocultan sus patrimonios, fortunas y ganancias ilícitas para no tributar. Una impunidad que demuestra quienes son los amos del tinglado, porque las normas se dictan para los demás, no para ellos.

Como estaremos totalmente en sus manos, cuando quieran, todo el dinero en metálico que no haya sido canjeado por su equivalente digital, caducará. Y desde ese momento, controlarán todos y cada uno de los movimientos que desee realizar usted, autorizándole  a efectuarlos o no, ya que como el dinero digital es programable, si muestra un comportamiento inadecuado, o supera su cuota asignada de carbono, le bloquearán los fondos, y no podrá utilizarlos. Igual que funciona el sistema de crédito social en China.

Asimismo, le podrán obligar a gastarlos en un plazo determinado si no quiere perderlos, aplicarle intereses negativos por guardarle su dinero, descontarle los impuestos y multas directamente de su cuenta, etc., mientras los ricos continúan gastando como siempre, comprando los derechos de emisión de CO2 que necesiten. Porque ellos no contaminan, sólo los pobres lo hacen.

La humanidad va a vivir prisionera en un corralito digital. Un robo en toda regla. El mayor atraco de la historia. Pero ya estamos avisados: no tendrás nada y serás feliz.

Y si con nada se puede ser feliz, imagínese teniéndolo todo.

¿Qué se puede hacer?

Estoy a favor de reducir la población. Una medida absolutamente ineludible, que hay que tomar de forma consensuada y pacífica, estableciendo el número máximo de hijos durante varias generaciones hasta que alcance el tamaño adecuado. Pero nunca con métodos asesinos y al dictado de una minoría, que ávida de riqueza y poder, y embriagada de su propia importancia, se arroga un derecho de vida o muerte sobre sus semejantes.

La razón es obvia. Cada especie trata de expansionarse al máximo dentro de su hábitat, y son los  recursos disponibles y los demás predadores, los que establecen sus límites. Pero en el caso del ser humano, como no tiene rival, solo la racionalidad y la cordura pueden salvarle.

Futuristic woman with pink goggles and glowing interactive tattoos crouches on floor

Desgraciadamente nuestros dirigentes reman en dirección contraria. La élite persigue fusionarse con su propia tecnología para transformarse en transhumanos, superhombres inmortales, semejantes a dioses. Una nueva especie sin las imperfecciones de la anterior. Y a los humanos les reservan el papel de esclavos tecnológicos suyos.

Si queremos escapar del halagüeño futuro que nos tienen preparado, se necesita una revolución de las conciencias que vaya acompañada de una movilización general de la sociedad.

Si el capitalismo ha triunfado, ¿no será porque es el mejor sistema posible?

No. Lo ha hecho porque es el que mejor se adecúa a nuestra naturaleza predatoria que en el pasado tan buenos réditos le generó a nuestra especie, permitiéndole llegar hasta el presente, convertida en líder absoluto del planeta. Un patrón de éxito que ahora tenemos que cambiar si no queremos desaparecer, una vez alcanzado un desarrollo tecnológico  avanzado.

El capitalismo es pillaje. El capitalismo representa la ley de la selva trasplantada a la sociedad humana, vestida con un ropaje democrático y civilizado, para que no se note que seguimos estando en un mundo de cazadores y presas, de ganadores y perdedores, de superiores e inferiores, en el que el pez grande se come al chico, el fuerte al débil, y la multinacional al obrero. Porque como mejor funciona la sociedad capitalista es sin interferencias, igual que la jungla que se autorregula a sí misma.

Que el interés general se supedite al particular, que la desigualdad no cese de aumentar, o que una minoría prospere a costa de la mayoría, son accidentes sin importancia, el precio inevitable del progreso. Igual que el consentimiento viciado de los asalariados, obligados a elegir entre ser explotados o morirse de hambre.

Si antaño era la naturaleza la que se mostraba severa con los humanos, afligiéndoles con penalidades sin cuento, ahora son sus congéneres los que la han reemplazado, superándola incluso en crueldad. El ser humano no tiene peor predador que él mismo, y solo su tecnología puede desbancarle y acabar con él.

El egoísmo es una fuerza motora que impulsa a los seres vivos a buscar lo mejor para ellos. El problema surge cuando se convierte en su única guía de acción. En una situación crítica, la falta de escrúpulos otorga ventaja al individuo que solo piensa en su beneficio y está dispuesto a llevarse por delante a quien haga falta. Comportamiento asocial que, en condiciones normales, resulta nocivo para el grupo, que obtiene más fruto de la cooperación que de las zancadillas.

Lamentablemente, después de un millón de años, todavía no hemos aprendido a convivir de manera no agresiva, lo que se traduce en guerras, crímenes, robos y peleas, que sin duda hacen la existencia más emocionante y entretenida, pero también más bronca e insegura.

Pero estamos a tiempo aún de modificar el rumbo antes de estrellarnos con el iceberg. Nuestro éxito en la depredación nos ha deslumbrado, y nos aboca al desastre, aunque los que viajan en primera clase, crean que están a salvo, como les pasaba a los pasajeros del Titanic.

Una sociedad capaz de sacrificar a las personas en el altar del beneficio, que apuesta por la agresividad antes que por el respeto; por la competitividad antes que por la reciprocidad; por la explotación antes que por la cooperación; que fomenta y desarrolla lo peor del ser humano (su instinto predador, su afán de poder, su codicia, egoísmo, abuso, y falta de escrúpulos), es una sociedad patológica, una sociedad condenada.

Ahora bien, el reconocimiento de su locura, no supone la renuncia a su curación, como advirtió Kubrick.

Necesitamos cambiar nuestra mentalidad de acumular, por la de compartir, y dejar de atesorar riquezas como si fuéramos a quedarnos a aquí para siempre y nada bastara para satisfacernos.

Poseer se ha apoderado de nosotros como una enfermedad maligna, que afecta también a las relaciones. Llamamos fidelidad a una exclusividad sexual malentendida, encaminada a asegurar la transmisión de bienes a la propia descendencia, a costa de privarnos de otros contactos y posibilidades de enriquecimiento personal. Pero compartir personas nos resulta más extraño y nos genera todavía más rechazo que compartir cosas.

El equisocialismo, un sistema comunitario participativo, que no permite a nadie acumular riqueza ni poder, podría ser una forma de organizarnos mejor, social, económica, y políticamente. Aunque si no desarrollamos una conciencia global que nos permita divisar más allá de nuestro ombligo, no hay nada que hacer.

¿Qué es para usted la vida?

Para mí tiene dos caras. Por una parte es un continuo descubrimiento, una caja de sorpresas, y por otra un combate constante con la sociedad, con los demás, y con uno mismo, para vencer adversidades, obstáculos, e injusticias. De ahí surge el conflicto entre lo que deseamos hacer, y lo que nos demanda nuestro entorno, en un proceso de aprendizaje/ experiencia, que nos pone a prueba en cada momento. Porque, como la vida no reparte sus dones e infortunios equitativamente, ni podemos esperar justicia alguna de ella, tenemos que apañárnoslas por nuestra cuenta.

Por eso, cuanto más firmes y duraderos sean los lazos que logremos tejer con nuestros semejantes, menos vulnerables seremos.

Aunque desde pequeños hayamos sido programados para ir por el carril marcado, nuestro margen de maniobra sea mínimo, y los genes nos condicionen, se trata de hacer cosas con las que nos sintamos identificados, y que a la vez tengan sentido para nosotros. El éxito mide la habilidad del ser humano para saber adaptarse  a las circunstancias, sobreponiéndose a los momentos de flaqueza, y aprovechando los vientos favorables.

El individuo ha estado siempre subordinado al grupo, o el grupo al individuo, sin reconciliarse nunca ambos. Un ejemplo del primer tipo de sociedad serían las tribales, y del segundo las capitalistas. Los regímenes tribales pertenecen a la época primitiva en que la fragilidad del grupo exigía el concurso sin reservas de todos sus miembros para subsistir, y el sistema capitalista a la época reciente en la que, al estar la supervivencia asegurada, se pelea por el reparto del pastel y de las cargas (porque la vida conlleva tareas, servidumbres y obligaciones que rechazamos, y que intentamos adjudicar a otros).

¿En qué cree usted?

Me resulta más fácil decir en qué no creo. No soy hombre de fe, sino de razón. No creo en el estado, los partidos políticos, las elecciones, los parlamentos, las personas jurídicas, las sociedades anónimas, los mercados, y toda esta parafernalia montada para ocultar la dictadura de una élite.

Nuestra supuesta «democracia», no es sino un sistema representativo de los ricos, que son los que dirigen todo el tinglado entre bambalinas. Si votar sirviera para cambiar realmente las cosas, estaría prohibido, porque ningún poder es tan tonto que facilite graciosamente los medios para derribarlo.

El voto es el opio del pueblo, el precio de la resignación, y la papeleta en la urna, un cheque en blanco que regalamos. Los ciudadanos votan, pero no eligen, y las elecciones solo cambian los actores, no la obra, que sigue siendo la misma.

¿Se considera usted optimista, o pesimista?

Depende de cómo lo defina. Personalmente considero que me ha ido bien, y me siento afortunado. Pero aquí, al que discrepa, o mantiene una postura crítica, negando que vivamos en el mejor de los mundos posibles, se le acusa de agorero y se le lapida por pinchar el globo, y romper el hechizo. La verdad ofende e incomoda, y huimos de ella como de la peste, porque le tenemos pavor.

El pensamiento positivo sostiene que la mente todo lo puede, así que si fracasas, la culpa es tuya. Hablamos de un autoengaño consciente, concebido para hacer de las desgracias, oportunidades, de la necesidad, virtud, y del cuanto peor, mejor. Y, es que, cuanto peor les va a los ciudadanos, más mentalidad positiva se les exige, acusándoles por su pobreza, pereza, poca salud, malos hábitos, etc., cuando no hay trabajos decentes que les permitan vivir con dignidad.

Para mí, pesimismo es creer que las cosas no pueden ser de otro modo, resignarse, y tirar la toalla. O dicho de otra manera: optimismo es negar la evidencia, y pesimismo rendirse ante ella.

Su postura reivindicativa ideológica contrasta con su desahogada situación económica.

Pienso que los que hemos sido más afortunados, y disfrutamos de mejores condiciones, estamos más obligados. Pero cada cual tiene que hacer su parte, sin que nadie pueda hacer la de los demás.

Ser de izquierdas no significa vivir bajo un puente, sino luchar para que nadie tenga que hacerlo. Ahora bien, viviendo en una sociedad capitalista, forzosamente hemos de tener contradicciones. Poseer más de lo que nos toca o corresponde, sin duda es una de ellas.

Usted apuesta por la equidad.

Soy enemigo declarado del poder y la riqueza, o lo que es lo mismo, de las jerarquías y de la propiedad privada de los medios de producción. Nadie es lo suficiente de fiar como para ostentar el dominio sobre otro, ni tiene porque poseer más que sus cosas de uso personal.

Pero dado que la igualdad constituye una quimera imposible de alcanzar porque los humanos somos diferentes, hemos de recurrir a la equidad. Es decir tratar igual a los que son iguales, y de modo diferente a los diferentes. No le podemos pedir lo mismo a un ciego que a alguien que ve.

 Hablemos del sexo y el amor.

Aunque presenten aspectos comunes, responden a realidades diferentes. En el sexo dominan la atracción y el deseo, mientras que en el amor lo importante es el vínculo que se crea basado en sentimientos de afecto, confianza, respeto, comprensión, complicidad, apoyo… en un conjunto de valores que van más allá de lo físico.

Pero también aquí ha irrumpido la ingeniería social como un huracán. El movimiento LGTBI y las reasignaciones de sexo, se han convertido en la punta de lanza de la nueva normalidad. La guerra entre hombres y mujeres marcha viento en popa, como demuestra la obsolescencia programada de la pareja. Cada vez hay más hijos probeta. Se fomentan los divorcios de heterosexuales, mientras se alientan las uniones del mismo sexo; las mascotas sustituyen a los niños, a los que se anima a cambiar de sexo, diciéndoles que hormonándose y amputándose quirúrgicamente se pueden convertir en hombres, mujeres, lesbianos, fluidos, binarios, ternarios, cuaternarios, trans, ellos, ellas, elles, perros, gatos, jilgueros y hasta cien géneros más. Desde pequeños se les educa con pornografía, se les droga con el móvil, y se les acosa en las redes, al tiempo que se cuela disimuladamente la pederastia en las escuelas por la puerta de atrás.

Cuando se hacen mayores, los jóvenes subsisten con salarios de miseria en casa de sus padres, sin poder independizarse, condenados de por vida a una precariedad laboral que les deja sin futuro.

 El modelo familiar está en crisis.

Más que en crisis, moribundo. Cuando cualquier clase de agrupación puede ser una familia, nada lo es. También aquí, en el terreno de las relaciones, hemos alcanzado la libertad absoluta que demanda el capitalismo, derribando todas las barreras que se oponen a la felicidad humana.

El individualismo sin límites, compromisos, ni ataduras, ha triunfado. Cada cual mira solo por sí, y las rupturas, divorcios y abortos se han convertido en el pan nuestro de cada día. Nunca la sociedad había estado más fragmentada y desunida que ahora, ni la gente más sola, hasta el punto de que la familia perruna se ha vuelto más sólida que la humana.

Antaño, en el modelo de familia tradicional, los roles estaban bien definidos: el marido trabajaba fuera de casa, y la esposa lo hacía dentro. Cada cual se ocupaba de unas tareas diferentes, aunque la mujer estaba supeditada económicamente al esposo, tenía que soportar con resignación sus amantes, y no podía quedarse embarazada fuera del matrimonio so pena de convertirse en una apestada.

Situación que cambió en el momento que ella accedió al mundo laboral, dejó de depender del marido, los dos pasaron a hacerlo de la empresa, y la familia quedó relegada a un segundo plano.

La liberación y empoderamiento de la ciudadanía no ha podido ser mayor. De un marco poco envidiable, ha saltado a un mercado pletórico de gangas.

¿Se puede modificar el actual estado de cosas sin violencia?

Si matar fuera la solución, ya estaríamos salvados, porque el ser humano no ha hecho otra cosa desde el principio.

Nuestra sociedad es bastante violenta, aunque no se note demasiado, porque la violencia se ha tecnificado e interiorizado, volviéndose invisible. Pero lo que hemos perdido en brutalidad, lo hemos ganado en refinamiento. Los traumas han sustituido a las heridas. Los crímenes del mundo moderno son casi todos sin sangre, y con víctimas anónimas. Tan limpios como una estadística.

La principal violencia de nuestro tiempo es económica. Violencia es explotar. La corrupción es violencia. El despido, el estrés, la precariedad, o la pobreza, lo son igualmente.

Pero tenemos que distinguir entre agresividad y violencia. La agresividad es un instinto natural, necesario para hacer frente a un entorno hostil, con el que venimos todos de fábrica. Se nace agresivo, mientras que la violencia es una asignatura que se entrena y se aprende, como demuestran la policía, el ejército, las bandas callejeras, o la mafia.

Resulta ofensivo llamar civilizada a una sociedad que ha inventado las más letales armas de destrucción; que ha sido capaz de practicar la trata de esclavos; de aniquilar a pueblos indígenas enteros para arrebatarles sus tierras; de lanzar bombas atómicas sobre ciudades indefensas como Hiroshima y Nagasaki, de exterminar a millones de personas en hornos crematorios y campos de concentración, de bombardear, masacrar y matar de hambre a miles de niños palestinos…

En fin es como para hacérselo mirar. No hay suficientes banderas para tapar tantos crímenes.

Aparte de las barbaries y atrocidades colectivas, no faltan tampoco comportamientos individuales inaceptables, que se tienen que atajar, de la manera menos lesiva, pero con la máxima firmeza, para evitar que perjudiquen a los demás.

Hay que decir que no toda la culpa es del ser humano, porque la vida se alimenta de vida, cada ser vivo sobrevive a costa de otro, y él se ha limitado a seguir el patrón de depredación establecido, convirtiéndose en su alumno más aventajado.

Si lo pensamos bien, las Pirámides fueron obras prodigiosas, ¿pero cuántos obreros hubo que sacrificar para que los faraones pudieran viajar con toda clase de lujos a la eternidad?

La humanidad ha pagado un precio muy elevado por todo lo que ha conseguido, y ahora puede perderlo todo de golpe si no rectifica a tiempo.


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